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"Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor." (Mateo 9:36).

Los escribas y los fariseos ofrecían una religión que sólo aumentaba las cargas en vez de quitarlas. Para ellos, el pueblo común era objeto de  menosprecio, no de compasión; individuos para ser explotados, no servidos. En ese sentido, los escribas y los fariseos eran verdaderos descendientes de los falsos pastores contra los que el Señor había hablado fuertemente siglos antes por medio de Ezequiel (34:2-4).

Muchos líderes religiosos de hoy todavía están tratando de mantener a la gente fuera del reino, distorsionando y contradiciendo la Palabra de Dios y pervirtiendo el camino de la salvación. Al decirle a la gente que ya están salvos porque "un Dios bueno nunca condenaría a nadie al infierno", llevan a la gente a contentarse con sí mismas y a no ver la necesidad de arrepentimiento y salvación, cerrando así la puerta de gracia que Dios ha provisto. Del mismo modo, cuando se les dice a las personas que pueden labrar su propio camino hacia Dios, evitando ciertos pecados, realizando ciertas buenas acciones o participando en algún ritual prescrito, también están siendo engañados y abandonados en su condición perdida.

Qué maravillosamente refrescante debe haber sido escuchar a Jesús decir: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga." (Mateo 11:28-30). Qué contraste de esas palabras con la enseñanza de los escribas y fariseos.


Probablemente  usted  no esté consciente, pero ¿el evangelio que usted presenta a otros involucra más requerimientos del que el mismo Jesús pedía? Asegúrese de que el evangelio que proclama es completamente acerca de liberar las cargas del pecador y no acerca de colocar más cargas de las que ya está llevando.

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Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira. Juan 8:44.

Llevados por la inseguridad y desconfianza en la capacidad de ser aceptados tal como somos, podemos caer en la tentación de adornar aquí y allá nuestra historia y nuestras habilidades de forma que causemos una impresión favorable en las demás personas. Un ladrón podrá aseverar más robos de los que realmente ha hecho si tiene que presumir delante de los compañeros carcelarios, o se pueden haber realizado más proezas sexuales de las habidas entre un grupo de hombres que se retan en su capacidad viril, o una madre puede hacer que su hijo mejore las notas y apruebe cursos con fin de que aparezca como una madre exitosa con un hijo bien educado.

Apoyarse en la mentira es un recurso fácil que evita pasar por los esfuerzos y penurias de una vida de esmero personal, aun cuando el precio que se corre es la posibilidad de ser descubierto. Esto es muy similar a la persona que difunde rumores falsos para desacreditar a las personas que envidia; se arriesga a ser descubierto y pronto la conducta descubierta se vuelve  en su contra, desprestigiándose a sí mismo, antes  que a quien quería desacreditar.

Mientras que la persona sincera no tiene que vigilar la versión que da de sus anécdotas y los episodios vividos, porque los transcribe al dictado de su memoria, por el contrario el mentiroso debe controlar la  versión que da de su historia, para que resulte coherente con la escuchada por cada persona ante la que ha presumido.

Cuanto más se cae en la tentación de mentir más difícil es controlar la abundante base de datos de las versiones dadas y más imposible resulta comentar, repetir o seguir con coherencia lo narrado, de forma que los detalles desentonan y de pronto aquel personaje famoso es novio de una prima mientras que antes lo era de una hermana; o estuvieron estudiando dos años en el extranjero al mismo tiempo que esos mismos dos años estudiaban un Master de prestigio en la localidad donde vivían y así por el estilo.

El hábito de mentir se puede transformar en un trastorno de la personalidad que podríamos llamar 'seudología fantástica' que no es otra cosa que una compulsión a imaginar una vida, unos acontecimientos y una historia con el fin de causar una impresión de admiración en los oyentes.

Este afán por impresionar está basado en la imperiosa necesidad de resultar valiosos, sobresalientes e inteligentes por medios fraudulentos, ya que por los legítimos, genuinos y espontáneos desconfiamos poder conseguir. Refleja, por un lado, el anhelo de ser dignos de amor y amigote de los demás, como antes lo éramos de los padres; por otro lado, se pone de manifiesto nuestra profunda incertidumbre de no ser dignos, en base a la distancia, la dureza, el aislamiento y la falta de adaptación que sufrimos, muy parecido a lo que se experimenta cuando se sufre algún tipo de minusvalía.

El mentiroso fantasioso coge el atajo de robar la atención y aprecio por la vía fácil del engaño (las palabras son cómodos sustitutos de los hechos) en lugar de mostrarse tal como es, porque, tal vez, es mucho más modesto de lo que su ambición soporta. No se conforma con ser una persona cualquiera (probablemente se ve a sí misma con excesivo desarraigo) sino que desea ser siempre una personalidad de primera magnitud, de esas que los demás admiran embelesados y envidiosos.

De igual forma, mintiendo, logran satisfacer el ansia que les proporciona las migajas de aquello que les gustaría. Imaginando que son ricos, que seducen a las personas más bellas, sienten un gusto (que el disgusto de ser sólo fantasías) no acaba por gratificar y que puede convertirse en deleitoso manjar para satisfacer necesidades que de otra forma nunca realmente será completa, pero que a base de mentira tras mentira, engaño tras engaño, fantasía tras fantasía les hace sentir el sueño tan real que casi lo pueden creer.

Lo que les gustaría hacer, lo que en imaginaciones se prometen, lo que según sus cálculos inflados seguramente les acontecerá puede hacerles correr tanto en el tiempo, que disfruten precipitosamente de lo que todavía no son, y ello no les prepara para el naufragio de sus ilusiones durante el transcurso despiadado de la vida. Este tropiezo no les sucede a quienes su mirada alcanza un escalón arriba, sólo cuando ha mirado bien que ha pisado el actual.

El problema del pseudólogo es que para mentir tanto y que no se note ha de hacer lo mismo que un actor que representa un personaje y quiere resultar creíble: esforzarse tanto, como si uno fuera esa persona inventada, que realmente uno se confunda y olvide de quien es realmente.

El personaje suplanta al yo, con lo que su personalidad se instala en una base falsificada muy peligrosa, porque los halagos, impresiones y valoraciones que consiga arrancar a los demás con sus tretas, en realidad nunca los podrá saborear, porque sabe que no están dirigidos al yo autentico, sino al falso, con lo cual no logra sentir lo que le gustaría sentir: sus dobles vínculos impiden que los placeres le lleguen. Como la sed de mérito nunca se sacia por este procedimiento, cada vez, la persona está más descarriada e insatisfecha; entonces debe buscar motivos para curarse con la medicina que le empeora.

La cura del mentiroso es sustituir la mentira por la búsqueda de la excelencia. Reconociendo su necesidad de brillo y atracción, dedicarse con firmeza a mejorar sus méritos verdaderos, bien sea profesionales, culturales, relacionales, con suficiente persistencia y seguridad, puesto que si ha caído en la mentira es por impaciencia. Jugar limpio, ser genuinos, es el mejor camino para ser aceptados por los demás. Lo primero es que nos acepten aun siendo humildes y mediocres.

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Dios ha movido a creyentes a la investigación de manuscritos que están en desacuerdo, en busca de establecer cuál forma de texto debería considerarse como la más cercana al Original. En algunos casos, las evidencias se hallarán tan justamente divididas, que resulta en extremo difícil decidir entre dos variantes. En otros casos, el investigador puede llegar a una decisión basada en razones más precisas que lo mueven a preferir o declinar una variante en favor de otra. Este artículo extraído del prólogo de la Biblia Textual tiene como objetivo dar una explicación a la problemática de las diferentes traducciones y versiones de la Biblia.

A continuación paso a transcribir el prólogo de la Biblia Textual:

La BIBLIA es más que un tesoro histórico o un clásico literario para ser preservado, admirado o aplaudido. Es algo más que un conjunto de documentos sobre cuya base puedan exaltarse talentos de hombres doctos. La BIBLIA es la más grande de todas las obras del Creador. Revela su mente, expresa su voluntad y manifiesta su poder mediante palabras que, entre otros muchos propósitos, tienen poder para quitar la muerte y sacar a luz la vida y la inmortalidad de quien lee con fe.

No suponga entonces el lector que tiene en sus manos un libro que el hombre hubiera podido escribir de haber querido. Su maravillosa unidad y continuidad, y sus predicciones cumplidas, evidencian el carácter trascendente y sobrenatural de la Obra. Sepa, por otra parte, que tampoco es un libro que el hombre hubiera querido escribir de haber podido, porque consistentemente habla en su contra y sin acepción de personas, testifica contra él, exhibiendo sus rebeliones, perversiones y fracasos.

Si con nuestra mente adulta, en cambio, creemos vivir en un planeta visitado por Dios hecho carne, entonces, las palabras que Él dice revisten una importancia tal, que al considerar el Precioso Texto, será imposible abstraernos de que el Libro nos confronta con asuntos que exceden los límites de nuestra habitación temporal.

Ante esta realidad, no quien pretenda, sino quien humildemente aspire a traducir al Autor Exacto, tiene que admitir ipso facto las limitaciones y la futilidad que representa el depender de humanas disciplinas, y reconocer que, así como ante el DIOS TODOPODEROSO no es posible acercarse con vanas repeticiones, tampoco ante su PALABRA es posible hacerlo con la locuacidad de un espíritu liberal, como si se tratara con prolegómenos y comentarios propios de diccionarios o enciclopedias. No; ante el Libro, uno se ha de acercar con espíritu contrito, corazón hecho alheña y postrada actitud; con fe sencilla y pies descalzos, limpios del mundanal lodo de las filosofías humanas, pues en este caso particular, no es el lector quien juzga al Libro, sino el Libro al lector.

Las Bases Textuales de la Biblia. La composición que hoy conocemos como La Biblia está conformada por 66 libros (39 del Antiguo Pacto y 27 del Nuevo Pacto) cuyo número fue reconocido por la Iglesia Primitiva para conformar el así llamado canon de la Escritura. Desde Job, su libro más antiguo (1900 a.C.), hasta el Apocalipsis (90 d.C.) los libros se escribieron en hebreo (con algunas palabras arameas) y griego koiné en un lapso de casi dos milenios. Fueron realizados en tres continentes: Asia (Menor), África y Europa, por no menos de 40 autores de distintos rangos sociales, oficios y profesiones, cuya mayoría no se conoció entre sí, aunque hablaron sobre temas de extraordinaria similitud, principalmente acerca de las cosas por venir. Cuando toda esta diversidad de personalidades, tiempo y espacio coinciden de manera tan exacta en el cumplimiento de sus aseveraciones, las cualidades que resaltan del Libro son su maravillosa unidad, autoridad y trascendencia.

Ahora bien, el lector ha de estar advertido que antes de traducir las palabras, frases y oraciones de la Escritura, el intérprete ha de interesarse por un problema precedente: ¿Cuál es el texto original del pasaje? Que tal pregunta debe ser hecha ¡y contestada! obedece a dos circunstancias: a) ningún manuscrito original de la Biblia existe hoy, y b) las copias existentes difieren una de otra. Al ser escritos en el frágil papiro, los originales pronto se destruyeron o extraviaron, y las copias manuscritas que existen exhiben múltiples diferencias. En el caso del Nuevo Pacto, los aproximadamente 5300 manuscritos existentes, presentan entre sí no menos de 250.000 variantes, que se acumularon durante los 14 siglos que duró el proceso de copiado manuscrito. Sin embargo, tanto en el caso del Antiguo Pacto como del Nuevo Pacto, los cambios introducidos, aunque numerosos y del interés más profundo, están muy lejos de afectar la estructura doctrinal de la Obra. Por otra parte, gracias a los hallazgos de la Arqueología Bíblica, juntamente con los esfuerzos de la Crítica Textual, se logró, desde mediados del siglo XIX hasta finales del siglo XX, la restauración de arquetipos muy cercanos a los Autógrafos.

Transmisión y Alteración Textual. La historia de los principales hechos que forjaron la alteración en manuscritos bíblicos puede resumirse así: En los primeros días de la Iglesia Cristiana, luego que una Epístola era enviada, o después que un Evangelio era escrito, se elaboraban copias a fin de extender su influencia y beneficios a otras congregaciones. Era, por tanto, inevitable que tales copias contuvieran un relativo número de diferencias en palabras con respecto a su original. La mayor parte de estas divergencias surgieron por causas accidentales, tales como confundir una letra o palabra con otra parecida. Si dos líneas paralelas de un manuscrito comenzaban o terminaban con el mismo grupo de letras, o si dos palabras similares se encontraban juntas en la misma línea, era fácil para el ojo del copista saltar del primer grupo de letras al segundo, y asimismo omitir una porción del texto. Inversamente, el escriba podría regresar del segundo al primer grupo de letras y, sin querer, copiar una o más palabras dos veces. Asimismo, letras que se pronunciaban de igual manera, podían llegar a ser confundidas por los escribas oyentes. Tales errores eran casi inevitables dondequiera que se copiaban a mano largos pasajes, habiendo más posibilidades de que ocurrieran si el escriba tenía vista u oído defectuoso, si era interrumpido en su labor, o si por causa de fatiga estaba menos atento. Otras divergencias surgieron de intentos deliberados por suavizar formas gramaticales toscas, o por tratar de eliminar partes que son real o aparentemente oscuras en el significado del texto. Algunas veces, un copista sustituía o añadía lo que le parecía ser una palabra o forma más apropiada, quizá derivada de un pasaje paralelo. De esta manera, durante los primeros años que siguieron a la conformación del Canon del Nuevo Pacto, surgieron centenares —si no millares— de las llamadas variantes textuales.

Tipos de Texto. Igualmente, durante los primeros años de expansión de la Iglesia Cristiana, se desarrollaron los llamados textos locales. A las nuevas congregaciones establecidas en grandes ciudades, tales como Alejandría, Antioquía, Constantinopla, Cartago o Roma, se les proveían copias de las Escrituras en el estilo que era corriente en esa región. Al hacer copias adicionales, el número de lecturas especiales e interpretaciones eran conservadas y hasta cierto punto aumentadas, de tal manera que un tipo de texto peculiar a su región llegó a crecer y establecerse. El tipo de texto Alejandrino, siendo el más antiguo, es usualmente considerado como el mejor y más fiel en la preservación del original. Sus características son la brevedad y la austeridad. Hasta muy recientemente, los dos principales testigos del tipo de texto Alejandrino eran el códice Vaticano y el códice Sinaítico, manuscritos en pergamino de mediados del siglo IV. Sin embargo, con la aparición de importantes papiros a mediados del siglo XX, ha sido posible inferir que el tipo de texto Alejandrino retrocede hasta principios del segundo siglo (125 d.C.). Otros tipos de texto son el Occidental, el Cesariense y el Bizantino. Este último es el más reciente de los tipos distintivos de texto del Nuevo Pacto. Lo caracteriza su esfuerzo por aparecer completo y explicativo. Los constructores de este tipo de texto intentaron, sin duda, pulir cualquier forma ruda del lenguaje, combinar dos o más lecturas discrepantes en una sola lectura expandida, y armonizar pasajes paralelos divergentes. Durante el período transcurrido entre el siglo VI hasta la invención de la imprenta en el siglo XV, el tipo de texto Bizantino fue el de mayor circulación, el más aceptado, y el reconocido como el texto autorizado por la Iglesia de Roma.

El Textus Receptus. Paradójicamente, el tipo de texto Bizantino fue también el que sirvió de base para las traducciones Protestantes del Nuevo Pacto. Esta base textual griega fue editada e impresa en 1517 por el famoso humanista Desiderio Erasmo de Rotterdam. Sus subsecuentes ediciones fueron ampliamente difundidas, y fue aceptado como el texto normativo para la Iglesia Protestante, el cual llegó a ser reconocido por el nombre latino de Textus Receptus. La obra de Erasmo sirvió como base textual de traducción a la mayoría de los idiomas vernáculos de Europa. Fue editada cinco veces, y más de treinta ediciones fueron realizadas sin autorización en Venecia, Estrasburgo, Basilea, París y otros lugares de Europa. Subsecuentes editores, a pesar de haber realizado un número considerable de alteraciones arbitrarias, reprodujeron vez tras vez esta adulterada forma de base textual griega, asegurándole una preeminencia tal, que hasta principios del siglo XX, llegó a aceptarse como texto normativo del Nuevo Pacto. Tan supersticiosa e inapropiada ha sido su inmerecida reverencia, que los intentos por criticarlo o enmendarlo son todavía considerados como un sacrilegio, todo esto a pesar de que su base textual es esencialmente un manojo (¡seis!) de manuscritos tardíos (¡siglo XII!) escogidos al azar y, por lo menos en una docena de pasajes, su lectura no está respaldada por ningún manuscrito griego conocido hasta el presente. Aun así, este Textus Receptus ha resistido durante casi 500 años (y aún resiste) en ser desplazado a favor de la verdadera Base Textual Griega, y hoy, encubierto bajo su nuevo nombre de Texto Mayoritario, trata de retomar su primacía, y sigue obstaculizando el camino de todo esfuerzo por restaurar la genuina Palabra de Dios.

Restauración Textual. Durante los siglos XVII y XVIII los eruditos recaudaron información de muchos manuscritos griegos, pero con la excepción de dos o tres editores que tímidamente se atrevieron a corregir algunos de los más vocingleros errores del Textus Receptus, esta degradada forma de texto continuó siendo reimpresa edición tras edición. No fue sino hasta la primera parte del siglo XIX, cuando a los eruditos bíblicos se les reconoció haberse apartado totalmente del Textus Receptus para demostrar, por comparación de manuscritos, cómo éstos se podían retrotraer hasta sus arquetipos perdidos e inferir así su condición y paginación.

Un profundo movimiento en pro de la restauración del Texto Sagrado dio comienzo en la primera mitad del siglo XIX, y mediante los esfuerzos de destacados críticos textuales, que por razones de oportunidad es imposible mencionar ahora, se extendió hasta nuestro tiempo. A partir de entonces se presentan ediciones de la Biblia en sus idiomas originales y se evalúan al mismo tiempo los grandes descubrimientos de la arqueología bíblica, en los cuales aparecieron documentos manuscritos mucho más antiguos de aquellos que conforman el tipo de texto Bizantino. Gracias a ello, ha sido posible editar el Texto Sagrado con palabras que se acercan hoy más que nunca a las del Original. Estas bases textuales de la Biblia vienen siendo plasmadas en las ediciones críticas de la Biblia Hebraica Stuttgartensia (Antiguo Pacto) y del Novum Testamentum Græce (Nuevo Pacto) sobre cuyo texto se basa principalmente esta obra. Pero aun así, no obstante la excelencia, erudición y noble propósito que guía a estas Ediciones, es importante destacar que el creciente número de sus revisiones denota un necesario proceso de perfeccionamiento que obviamente el Original no necesitaría.

Una Versión Perfectible. La inspiración verbal y plenaria de la Escritura recayó exclusivamente sobre los Autógrafos Sagrados, su infalibilidad se limita por tanto al Texto Original, y nunca benefició al copiado manuscrito, aunque este fuera en los idiomas originales de la Biblia. Si esto es así, mucho menos entonces puede beneficiar a las traducciones que de ellas se derivan, y así, la sola consideración de una versión perfecta es imposible. Nuestro intenso (y extenso) contacto con las labores de traducción, nos ha demostrado durante los 30 años que la obra nos ha durado entre las manos, que es más el resultado de transpiración que el de inspiración. Las Versiones, por excelentes que pretendan ser, no constituyen más que un esfuerzo humano, personal o colegiado, por presentar en idioma vernáculo la infalible Palabra de Dios. Ante esta realidad, surge la propuesta feliz de una versión perfectible, que siguiendo los pasos humildes de la Crítica Textual, acepta las limitaciones impuestas por las circunstancias, y mediante sus ediciones críticas manifiesta su aspiración hacia una versión perfecta.

Traducción Contextual. El esfuerzo por realizar una versión bajo la disciplina de traducción contextual procura presentar al lector una versión comprensible de lo que sin duda es la obra literaria más compleja del Universo. La exposición detallada de los postulados de la traducción Contextual son extensos y no es posible citarlos aquí. El lector puede referirse en cada caso a las notas a pie de página o a la sección de Pasajes Especiales §148. No obstante, resumimos ahora el concepto diciendo que:

Por traducción contextual se define inicialmente una disciplina que (a) enmarcada en las reglas que controlan la gramática general del lenguaje, pero (b) sin perjuicio de la coordinación y subordinación gramatical registradas en el Texto Sagrado, (c) trasmita toda la intención, fuerza y lucidez del Original, (d) defienda su brevedad y simplicidad, (e) preservando su pureza y (f) respetando sus asimetrías, asperezas gramaticales y redundancias, (g) valore la riqueza de estilo literario lograda a través del tiempo, y los beneficios que de allí se derivan al retardar los cambios que corrompen el lenguaje; y finalmente (h) refleje de manera consistente las conclusiones que por la sana exégesis y trazo contextual (cercano o remoto), surgen de la analogía y armonía espiritual latentes en toda la Escritura.

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"El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; Los juicios de Jehová son verdad, todos justos", Salmos 19:9.

El temor a Dios conduce a actitudes y acciones reverentes.

En el Antiguo Testamento, temer a Dios significaba verlo con asombro y reverencia a Su autoridad soberana. En el Salmo 34:11-14 David escribió: "Venid, hijos, oídme; El temor de Jehová os enseñaré. ¿Quién es el hombre que desea vida, Que desea muchos días para ver el bien? Guarda tu lengua del mal, Y tus labios de hablar engaño.
Apártate del mal, y haz el bien; Busca la paz, y síguela". Su hijo Salomón añadió: "El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; Los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza.   No seas sabio en tu propia opinión;
Teme a Jehová, y apártate del mal", Proverbios 1:7; 3:7.

El concepto de temer a Dios no se limita al Antiguo Testamento. Pablo dijo: "Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor", Filipenses 2:12. "Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios", 2 Corintios 7:1 y "Someteos unos a otros en el temor de Dios", Efesios 5:21.

Nuestro temor a Dios nos impele a adorarle y modelar nuestra vida a Su voluntad. Si le tememos, complazcámosle, será su mayor deleite y desagradarle, su mayor desilusión.

En el Salmo 19:9 David usa la palabra "temor" como un sinónimo de la "palabra de Dios", esto quiere decir que las Escrituras son el manual de Dios acerca de la forma de adorarle. En el mismo versículo "limpio" es un término amplio que nos habla de la ausencia de pecado, la corrupción, suciedad, contaminación, imperfección, y error de su Palabra. El mensaje que las Escrituras transmiten siempre "son palabras limpias, Como plata refinada en horno de tierra, Purificada siete veces", Salmos 12:6.

Debido a que es tan perfecta, las Escrituras permanecen para siempre Salmos 19:9. Es por eso que Jesús dijo: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán", Marcos 13:31. Nunca necesitará ser actualizada para ser acomodada al pensamiento contemporáneo. Siempre está vigente y se mantiene como una autoridad inflexible. Quienes la juzgan, difaman o ignoran recorren un camino peligroso. Es mucho mejor temer a Dios y someterse a su voluntad revelada.

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"Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; Y dulces más que miel, y que la que destila del panal", Salmos 19:10. 

Usted debería valorar las Escrituras más que todos los tesoros de la tierra.

Cuenta la historia que María I, (Greenwich, Inglaterra, 18 de febrero de 1516-Londres, 17 de noviembre de 1558), fue reina de Inglaterra e Irlanda desde 1553, fue la hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón.

Fue la cuarta monarca de la dinastía Tudor; recordada por abrogar las reformas religiosas introducidas por su padre, Enrique VIII, y por someter de nuevo a Inglaterra a la autoridad del papa, el 30 de noviembre de 1554, con el apoyo del cardenal Reginald Pole. En dicho proceso, condenó a casi 300 religiosos disidentes a morir en la hoguera en las Persecuciones Marianas, recibiendo por ello de la
historiografía protestante el apodo de María la Sanguinaria.

Las persecuciones religiosas duraron casi cuatro años, en los que numerosos líderes protestantes fueron ejecutados, otros tuvieron que exiliarse y cerca de 800 permanecieron en el país. Entre los ejecutados se encontraba John Rogers (4 de febrero de 1555); el arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer; Nicholas Ridley, obispo de Londres y el reformista Hugh Latimer. Aunque no existe unanimidad acerca del número de condenados, John Foxe calcula en su Libro de los mártires que 284 personas fueron ejecutadas por cuestiones de fe. La reina apareció de manera destacada y vilipendiada en dicho libro, publicado en 1562, cuyas siguientes ediciones gozaron de mucha popularidad entre los protestantes durante el siglo XIX.

Se han encontrado ejemplares impresos de la Biblia, que se remonta a la Inglaterra de ese período, con ciertas características como que las páginas de la tercera parte superior del libro estaban cubiertas con una mancha oscura. Una detallada observación evidencia que la mancha era la sangre de su propietario original.

La explicación a este detalle es que cuando gobernaba Inglaterra María la Sanguinaria, se aterrorizaba y asesinaba a tantos protestantes como se pudiera. Los soldados ejecutaban a sus víctimas a través de algún medio sangriento, luego tomaban sus Biblias y las sumergían en la sangre. Algunas de esas Biblias se han conservado y son conocidas como las Biblias de los Mártires.

El Salmo 19:10 atrapa la noción de esos mártires, exaltando el valor inapreciable que tenían por la Palabra de Dios. Así mismo, para David, las Escrituras eran más valiosas que el oro fino y la miel pura. Meditar en la palabra de Dios significaba para él más que las cosas más ricas y más dulces de la vida. Él conocía las Escrituras por su capacidad para satisfacer todos los apetitos espirituales.

Tan preciosa, como es la Palabra de Dios, que muchos cristianos la toman como fundamental y se convierte en la complacencia de sus estudios; otros recorren largos períodos sin obtener provecho de sus páginas.

Tal vez usted conoce a alguien que está en esa situación. Si es así, pídale al Señor que le de sabiduría a medida que lo vaya alentando hacia un mayor compromiso y fidelidad a la Palabra de Dios. Al mismo tiempo, tenga cuidado de no caer usted mismo en la negligencia. El apóstol Pedro en 1 Pedro 2:1-2 nos exhorta a mantener un corazón sensible al precioso regalo de la Palabra de Dios.

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Si un creyente peca contra ti, háblale en privado y hazle ver su falta. Si te escucha y confiesa el pecado, has recuperado a esa persona; pero si no te hace caso, toma a uno o dos más contigo y vuelve a hablarle, para que los dos o tres testigos puedan confirmar todo lo que digas. Si aun así la persona se niega a escuchar, lleva el caso ante la iglesia. Luego, si la persona no acepta la decisión de la iglesia, trata a esa persona como a un pagano o como a un corrupto cobrador de impuestos. Mateo 18:15-17.

Vivimos en una cultura rehabilitadora que parece empeñada en descomponer el pecado. Por ejemplo, el adulterio y todas las formas de inmoralidad han sido reclasificadas como adicciones sexuales. Las adicciones a las drogas y al alcohol ahora son clasificadas como una enfermedad crónica y recurrente del cerebro, no como el resultado de acciones deliberadas. Y las armas, ahora son consideradas como las mayores culpables, por encima de los asesinos que aprietan los gatillos. Cualquiera que sea el pecado, siempre parece haber una manera de excusar, redefinir o minimizarlo.

Esa determinación de separar a una persona de quien es y lo que hace, también se ha infiltrado en la iglesia. La exhortación a "amar al pecador y odiar el pecado" es un estereotipo Cristiano perverso, utilizado regularmente para desviar la responsabilidad y la rendición de cuentas del creyente por su pecado. Si bien es cierto que hay que amar a los pecadores y odiar el pecado, el estereotipo distorsiona esas verdades, dividiendo ambas de forma antibíblica.

De regreso del gnosticismo

Este tipo de dualismo era frecuente entre los herejes gnósticos del siglo I d.C. El error de los gnósticos era tan seductor que el apóstol Juan escribió su primera epístola como una respuesta directa a sus falsas enseñanzas. Examinemos las siguientes observaciones con respecto a la situación que enfrentaba la iglesia en 1 Juan:

El gnosticismo (del griego gnosis ["conocimiento"]) era una amalgama de varios sistemas de pensamientos paganos, judíos, y cuasi-cristianos. Bajo la influencia de la filosofía griega (especialmente la de Platón), el gnosticismo enseñaba que la materia era intrínsecamente mala y el espíritu era bueno. Ese dualismo filosófico condujo a los falsos maestros, que Juan enfrentó, a aceptar alguna forma de la deidad de Cristo, pero negar su humanidad. Cristo no podía, según ellos, haber adquirido un cuerpo físico, ya que la materia era mala.

Esta fue la utilización personal, de los puntos de vista dualistas de los gnósticos, que hacen eco hoy día en sus esfuerzos por separar al pecador de su pecado.

El dualismo filosófico de los gnósticos también causó que existiera indiferencia por los valores morales y el comportamiento ético. Para ellos, el cuerpo no era más que la prisión en la que fue encarcelado el espíritu. Por lo tanto, el pecado cometido en el cuerpo no tenía ninguna conexión ni efecto sobre el espíritu.

El estereotipo de amar al pecador y odiar el pecado sigue el mismo razonamiento dualista de las herejías gnósticas, haciéndonos creer que debemos divorciar al pecador de la culpabilidad y las consecuencias de su pecado.

Peor aún, se confunde y corrompe el concepto mismo de lo que significa amar a un pecador. El verdadero amor no exige deliberada ignorancia. En la práctica sería como ignorar la  aflicción de un paciente de cáncer y fingir que fue de repente libre de su enfermedad, con la esperanza de que desaparecerá por su propia cuenta.

Lo cierto es que lo más amoroso que puede hacer por los pecadores, no es ignorar, disculpar o encubrir su pecado, sino hacerle frente. En otras palabras, usted no está amando a un pecador si usted no confronta su pecado.

No dualismo - doble responsabilidad

Debo admitir que la forma de confrontar el pecado puede variar dependiendo de la naturaleza del pecado y de la condición espiritual del pecador. Es posible que debamos mostrar más ternura con un incrédulo cegado por su propia depravación que con un creyente, quien debería tener mayor conocimiento. Incluso dentro de la iglesia, tenemos que ser comedidos y considerados con la forma en que nos enfrentamos los unos a los otros, y aún así, lo suficientemente audaces y claros para preservar la pureza del cuerpo de Cristo.

La disciplina de la iglesia es una parte fundamental para proteger la pureza de la iglesia, Mateo 18:15-20. Una interpretación de este pasaje sería que:

Un cristiano que no esté profundamente preocupado por arrebatar del pecado a un hermano cristiano, necesita ayuda espiritual a sí mismo. Ni la vana indiferencia, por no hablar de justicia propia, ni el sentimentalismo o la cobardía que se esconden detrás de la falsa humildad, tienen parte en la vida de un cristiano espiritual. El cristiano espiritual ni condena, ni justifica a un hermano en pecado. Su preocupación debe ser por la santidad y la bendición del hermano ofensor, la pureza y la integridad de la iglesia, y el honor y la gloria de Dios.

A los ojos de gran parte del mundo e incluso a los ojos de muchos creyentes inmaduros, la acción de confrontar el pecado se considera falta de amor. Sin embargo, emprender el proceso y la disciplina de manera correcta, expresará la clase de amor más profundo, que el amor que se niega a no hacer nada por rescatar a un hermano del pecado no arrepentido y sus consecuencias. El amor que excusa el pecado o que está más preocupado por la calma superficial en la iglesia, que por su pureza espiritual no es la clase de amor de Dios. El amor que tolera el pecado no es amor en absoluto, sino sentimentalismo mundano y egoísta.

Predicar el amor, excluyendo la santidad de Dios es enseñar algo que no es el amor de Dios. El adormecimiento o insensibilidad de la iglesia siempre ha ocurrido, en ausencia de la fuerte predicación a la santidad de Dios y del llamado a los creyentes a abandonar el pecado y volver a las normas de pureza y rectitud del Señor. Ninguna iglesia que tolera el pecado manifiesto en su membresía tendrá un crecimiento espiritual o una evangelización eficaz. A pesar de esta verdad, la tolerancia es el patrón en la iglesia hoy en día, en todos los niveles. Mateo 16-23.

Algunas personas recurren al amor incondicional de Dios como si Su amor esta por encima, o invalida Sus otros atributos; más específicamente Su ira. Tal postura fomenta nada menos que una forma popular de idolatría.

La enseñanza y creencia en un Dios que es todo amor sin ira, toda gracia sin justicia, todo perdón sin condenación, es idolatría (adoración a un dios falso inventado por los hombres); e inevitablemente conduce al universalismo, que por supuesto, es lo que muchas iglesias liberales han estado predicando durante generaciones. La salvación pierde sentido, porque el pecado que Dios pasa por alto no necesita ser perdonado. El sacrificio de Cristo en la cruz se convierte en una farsa, porque Él dio su vida sin ningún propósito redentor. No sólo eso, sino que resulta imposible explicar y ponderar la pregunta común acerca de por qué un Dios amoroso permite el dolor, el sufrimiento, la enfermedad y la tragedia. La eliminación del odio santo de Dios por el pecado, mutila y dificulta el Evangelio más de lo que ayuda para la evangelización.

Debemos amar a los pecadores y debemos odiar el pecado sin hacer una división de estas dos verdades en categorías separadas. Nuestro odio al pecado debe manifestarse en un amor que advierta a los pecadores, compasivamente, pero que claramente manifieste las consecuencias nefastas que sus pecados demandan. A falta de eso, ¿cómo podemos afirmar que en verdad los amamos?

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Gálatas  2:11-21

En este pasaje del texto Bíblico encontraremos a Pablo mostrando en la práctica como entendía y desarrollaba su vida cristiana basado en el mensaje del verdadero evangelio de Cristo. Este evangelio libera completamente al hombre de todo lo que lo controla y lo mantiene esclavizado. Conforme a lo dicho por Pablo a los Romanos, el verdadero evangelio libera al hombre de la carne, de la ley, del pecado, la ira de Dios y la muerte. Pero, sobre todo, el Evangelio también libera al cristiano de la hipocresía. Y específicamente en esta carta y en estos versículos encontramos esta verdad ilustrada y argumentada.

Hasta aquí hemos aprendido dos cosas importantes.
  • Primero nos enteramos de que el verdadero evangelio proclamado por Pablo, no depende de ninguna aprobación por parte de Pedro y los otros líderes de la iglesia de Jerusalén. Pablo estaba convencido de que el evangelio que estaba proclamando, era el verdadero evangelio que había recibido del Señor por medio de la revelación.
  • En segundo lugar, hemos aprendido que Pablo no era inferior a Pedro o cualquier otro apóstol. Lo que había de diferente era el enfoque de su misión, pero la misión era la misma: proclamar la salvación por medio de Jesucristo. Tenía la misma misión de proclamar la justificación por la fe basada en la gracia de Jesucristo, pero el enfoque era diferente: mientras que algunos irían a los judíos, Pablo y sus ayudantes darían prioridad a la evangelización de los gentiles.
Pero en este texto, nos encontraremos con otra lección importante. Incluso habiendo unidad de propósito, puede haber diferencias en las formas de proceder. Y cuando esto sucede, todo cristiano maduro tiene el derecho y el deber de advertir a su hermano de la necesidad de coherencia entre la predicación y el desarrollo de la vida cristiana. Y esto fue lo que sucedió en ocasión de la visita de Pedro a Antioquía, la tercera ciudad más grande del imperio, en lo que en la actualidad se conoce como Turquía.

Usted recordará que esta comunidad se menciona en el libro de los Hechos. Sabiendo que el Evangelio había llegado hasta allí por medio de los cristianos que se encontraban esparcidos cuando la muerte de Esteban, Hechos 11:19-20, los apóstoles que estaban en Jerusalén enviaron a Bernabé para averiguar cómo iban esos nuevos conversos, Hechos 11:22. Frente a la gracia de Dios obrando en aquellos nuevos hermanos, a través del ministerio de Bernabé junto con Pablo, aquella iglesia había crecido; ciertamente maduró y se fortaleció lo suficiente como para enviarlos más tarde en la primera jornada misionera, Hechos 13:14. Bueno, esta iglesia probablemente formada por mayoría gentil, en otra ocasión, recibió la visita de Pedro. Allí practicaban lo que Pablo había enseñado en esta carta en 3:28 cuando dijo que ya no había diferencia entre el judío y el griego, el esclavo y el hombre libre, entre varón y mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús. Y como resultado de esta nueva manera de vivir había comunión perfecta entre gentiles y judíos.

También vimos anteriormente cómo los judaizantes querían que los nuevos gentiles convertidos se sometieran a la práctica de ciertos requisitos de la ley mosaica, como la circuncisión y la separación entre las cosas puras e impuras. En Antioquía todo esto había desaparecido y no había ninguna distinción entre los dos grupos; y la señal de esta nueva realidad de la vida eran comidas en común, y ciertamente, la celebración de la cena conmemorativa todos, judíos y gentiles, la compartían con alegría. Cuando Pedro visitó la comunidad cristiana de Antioquía, participó en esta comunión tan especial con desenvoltura; porque después de todo, había sido a través de él oficialmente que el evangelio había llegado a los gentiles, durante su visita, predicación y ministerio en la casa de Cornelio, Hechos 10
. Ciertamente, los hermanos de Antioquía estaban satisfechos con su visita y él podía contarles hechos y detalles sobre el Señor Jesucristo cuando estuvo encarnado entre nosotros.

Pero en la misma ocasión llegaron a esta ciudad y a la comunidad cristiana algunos judíos procedentes de Jerusalén, que estaban vinculados al liderazgo de Santiago. Estos visitantes no entendían esa libertad que el evangelio proporciona y probablemente no entendían esa comunión tan íntima entre los judíos y gentiles. Pedro, por miedo a ser criticado por estos cristianos judíos tuvo un cambio de actitud, apartándose de los cristianos gentiles. Pedro vaciló; esto no fue correcto, y no fue coherente. Y frente a esto Pablo lo reprendió públicamente. Pablo mostró que esta actitud hipócrita no es coherente con el verdadero evangelio. El verdadero evangelio no permite este tipo de actitud inconsistente. Y así que, para desarrollarnos adecuadamente en nuestra vida cristiana, debemos ser conscientes de las exigencias de la verdad del evangelio. Como principio aplicable a nuestros días, este texto presenta la siguiente proposición: Cada cristiano debe proceder de manera coherente con el mensaje del verdadero evangelio que proclama.

En este texto encontramos cinco requisitos que nos ayudan a mantener la coherencia entre la vida y la predicación del verdadero evangelio.

I. El mensaje del verdadero evangelio requiere del cristiano un comportamiento intachable vs. 11-13

"Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar. Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión. Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos".

Pedro tuvo una gran experiencia al predicar el evangelio en la casa de Cornelio. Allí había declarado: "De éste dan testimonio todos los profetas,  que todos los que en él creyeren,  recibirán perdón de pecados por su nombre", Hechos 10:43. Pedro bien sabía la verdad, cuando usó de la palabra allá en el gran Concilio de Jerusalén, Hechos 15. Entonces, después de predicar y enseñar la verdad a muchos, ahora, con su actitud incoherente en Antioquía estaba negando todo lo que había experimentado.

Pedro comía con los gentiles y disfrutaba de la comunión con ellos. Entonces, un día, mientras comía con los gentiles entraron algunos miembros de la comunidad de Jerusalén. Estos, de parte de Santiago, en opinión de Pedro, irían a contar lo que habían visto a los "judaizantes". Pedro inmediatamente se alejó de los gentiles. Los de la "circuncisión" eran el partido de la circuncisión, es decir, eran "judaizantes". Pedro, al retirarse de esa manera, de los creyentes gentiles, sólo estaba tratando de evitar la crítica de los judaizantes, pero en realidad, Pedro estaba actuando de tal manera que dio la impresión de que la posición doctrinal de los "judaizantes" era correcta. Sin embargo, tal conducta no concordaba con la verdad del Evangelio; por el contrario, era una contradicción con el verdadero Evangelio. Fue un acto cobarde y reprobable de parte de Pedro.

A través de esta actitud, los creyentes judíos, e incluso el propio Bernabé dieron a entender que la verdad era aquella que proclamaban los judaizantes. Por lo tanto, haciendo esto, Pedro y los otros creyentes judíos ocultaron sus verdaderas convicciones y se cubrían con máscaras de hipocresía; con sus acciones aprobaban las doctrinas de los legalistas-judaizantes. Esa vergonzosa actitud tuvo su reflejo sobre la verdad del Evangelio. Los hermanos de Antioquía, sin duda se confundieron con esa actitud y los Gálatas vacilaron en su fe. Dada su posición y ministerio entre los judíos, Pedro actuó incorrectamente y por lo tanto merece ser reprendido. Cuando no actuamos correctamente nos volvemos reprensibles y Dios espera un comportamiento coherente e impecable.

II. El mensaje del verdadero evangelio requiere del cristiano una lucha continua por la coherencia, vs. 14

"Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio,  dije a Pedro delante de todos:  Si tú,  siendo judío,  vives como los gentiles y no como judío,  ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?".

Pablo se quedó perplejo por la actitud de su colega Pedro, y allí reprendió a su colega, ya que no debió haber puesto de manifiesto tanta incoherencia en su comportamiento. Pablo llegó a decir que si hizo todo para ganar a todos, eso no quería decir que el apóstol había practicado todo lo que las religiones enseñan o practican, sino que el procedió así con el fin de evangelizar. Había de parte de Pablo una cierta tolerancia, una determinada estrategia con el fin de alcanzar a las personas para Cristo. Él quería presentar el evangelio de Cristo en los corazones de las personas. Pero no admitió el procedimiento de Pedro.

Pedro no estaba tratando de evangelizar a los judaizantes. Pedro tenía miedo de lo que ellos pudieran hablar de él, de la forma que estaba confraternizando con los gentiles. Pablo le dijo a Pedro que él no entendía su comportamiento. Pablo se dirigió a Pedro preguntando: Si tú, que eres judío de nacimiento, dejaste a un lado las leyes judías y vives como un gentil, ¿por qué ahora tratas de obligar a estos gentiles a seguir las tradiciones judías? Pablo no entendía este proceder de Pedro. Las experiencias que Pedro tuviera anteriormente, llevando el evangelio a Cornelio y defendiendo la libertad cristiana en el Concilio de Jerusalén no eran compatibles con su posición actual. Por eso Pablo luchó con insistencia para que hubiese coherencia en el procedimiento apostólico.

III. El mensaje del verdadero evangelio requiere del cristiano que su justificación este basada en la fe vs. 15-16

"Nosotros, judíos de nacimiento, y no pecadores de entre los gentiles, sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado".

Motivados por la actitud de Pedro, en estos versículos Pablo continuó discutiendo sobre la cuestión de la justificación. La pregunta es: ¿Cómo el hombre es justificado delante de Dios? En el versículo 15, el apóstol Pablo usó una expresión bien judía, pues los judíos entendían que los gentiles eran pecadores desterrados de la presencia de Dios. Los gentiles no tenían derecho incluso entrar en el templo de los judíos. Había un patio separado, una zona aislada del templo para atender a los gentiles. Los judíos se hallaban muy bien, mientras que los otros pueblos que eran gentiles eran pecadores separados de Dios.

Este pensamiento mostró el prejuicio que estaba profundamente arraigado en el corazón y la naturaleza de los judíos. Por eso algunos judíos que se habían convertido entendían que todos los gentiles estaban definitivamente condenados por Dios, a menos que se convirtieran en judíos prosélitos. Ellos no aceptaban que el evangelio era tanto para judíos como para gentiles.

Pero Pablo resistió bien en esta materia. Incluso usando la terminología de esa manera, su posición era muy claro sobre el mensaje cristiano. La Iglesia existe para alcanzar a los pecadores, ya sean judíos o gentiles, porque todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, Romanos 3:23. Las mayores dificultades espirituales del cristiano, es cuando se considera tan especial que no puede ni siquiera hablar con los pecadores acerca de Cristo y de la verdad bíblica.

En el versículo 16, que es uno de los versículos claves de esta carta, Pablo repite tres veces que nadie es justificado por las obras de la ley, y tres veces él reafirma el requisito esencial de la fe en el Señor Jesucristo. Pablo, como judío no estaba menospreciando o despreciando la ley. Como dijo en Romanos 7:12, la ley de Dios es santa, justa y buena, pero dejó en claro a Pedro y para todos los que lo oyeron en aquel momento, que no es correcto usar la ley de forma indebida. Los judíos entendían que en el cumplimiento de los requisitos de la ley, cualquier persona sería aceptada ante Dios, pero Pablo rechazó totalmente esta idea. Para él y para el cristianismo, sólo podemos ser aceptos y justificados ante Dios por la fe en el Señor Jesucristo. Ahora bien, es importante definir exactamente lo que entendemos por ley. Estamos señalando y afirmando que cualquier tipo de ley, sistema religioso, creado o establecido por los hombres, no puede salvar al hombre, no puede justificar al hombre ante Dios.

Por supuesto, no queremos decir que la ley de Moisés, se deba comparar con la ley de los hombres, con las religiones de los hombres. No hay paralelo. La ley de Moisés es la ley divina. Creada por Dios. Moisés fue inspirado por Dios para crear el sistema mosaico, que tuvo su gran importancia en su tiempo, en su dispensación. Pero debemos tener bien claro en nuestras mentes que Dios no creó este sistema mosaico con el fin de salvar a los hombres. Por supuesto que no. Dios siempre salvó a los hombres, en todo momento, a través de la fe en la persona de Cristo. Ahora usted puede preguntarse: Pero ¿si Cristo vino hace sólo veinte siglos, cómo los hombres que vivieron antes de Cristo podían salvarse mediante la fe en él? El sistema de salvación siempre ha sido el mismo. Hoy somos salvos mirando hacia atrás, a Cristo en la cruz. Antes de eso, los hombres que vivieron antes de Jesús, desde Adán hasta los días de Juan el Bautista también fueron salvos por la fe en Cristo, pero mirando hacia adelante,  contemplando y creyendo en la promesa de la venida del Mesías. Así que Pablo dejó en claro que la verdad del evangelio nos obliga a basar nuestra justificación por la fe que depositamos en la persona de Jesucristo.

IV. El mensaje del verdadero evangelio requiere del cristiano la completa independencia de la ley, vs 17-19

"Y si buscando ser justificados en Cristo, también nosotros somos hallados pecadores, ¿es por eso Cristo ministro de pecado? En ninguna manera. Porque si las cosas que destruí, las mismas vuelvo a edificar, transgresor me hago. Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios".

En el versículo 17 Pablo está diciendo a los Gálatas que fueron influenciados por los legalistas, que no debían retirarse, dejando el evangelio para volver a la ley y sus preceptos. Pablo entendía que regresar al legalismo judío, era un retroceso peligroso, era regresar al pecado, a la incredulidad. En otras palabras, Pablo dijo que si alguien recibió a Jesús como su Salvador personal, y todavía cree estar en estado de perdición (sólo porque no cumple con la ley, como los judaizantes querían), entonces solo hay una alternativa: Jesús era un engañador y Él mismo era un esclavo de las palabras y de los actos pecaminosos. Pero, inmediatamente Pablo declara: ¡Por supuesto que no! ¡De ninguna manera! ¡Esta forma de pensar no es la correcta! Lo correcto es saber que el acto de recibir, por la fe, a Jesús como Señor y Salvador de nuestras vidas, sea quien sea que lo acepte (judío o gentil), le proporciona al que cree la justificación más completa y total.

Y en el versículo 18 Pablo condena la actitud de los cristianos que estaban saliendo del evangelio de la gracia, para vivir de nuevo bajo la ley. Eso es transgredir lo más puro del evangelio de Cristo. Si el evangelio nos libera ¿cómo es que el creyente deja de vivir en la libertad del Espíritu, para vivir de nuevo en la esclavitud, el sometimiento al imperio de la ley? Si esto ocurre él se convierte en un transgresor del mensaje, de la verdad del evangelio que proclama la gracia y la libertad en Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. Y Pablo concluye su argumento mostrando que el verdadero cristiano se considera muerto a la ley. Es decir, ella no tiene ningún efecto sobre la existencia de quien ha muerto. Las palabras de este versículo son importantes: "Porque yo por la ley soy muerto para la ley,  a fin de vivir para Dios".

Aquí tenemos la clave del Evangelio. Pero, ¿cómo fue que morí para la ley? Fue a través de Cristo. Nosotros morimos en Cristo. Pablo estaba explicando que los verdaderos creyentes están muertos a la ley. Y eso debe ser bien comprendido por todos nosotros: la ley acusaba al hombre de ser un transgresor; pronunciaba contra él la pena, es decir, la muerte; pero además la ley ejecutaba al transgresor (el alma que pecare, esa morirá, conf. Ezequiel 18:20). Sin embargo, el golpe mortal merecido contra el hombre, contra cada uno de nosotros, no nos alcanzó. Este golpe mortal alcanzó a nuestro Sustituto, el Señor Jesucristo. A los ojos de Dios, el viejo Pablo estaba muerto, muerto a la ley por la muerte de Cristo (Romanos 7:4). A los ojos de Dios, el viejo hombre, la vieja mujer están muertos, porque todos los que creemos en el Sustituto, creemos que hemos muerto con Él en la cruz del Calvario. Esa es la gran bendición de la justificación. Sólo en Jesús podemos ser justificados porque Él murió en nuestro lugar para que vivamos para Dios. Nuestro grito de independencia de la ley fue dado por Jesucristo, nuestro Sustituto

V. El mensaje del verdadero evangelio requiere del cristiano valorizar  la gracia viviendo por la fe, vs. 19-21

"... a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo".

La última frase del versículo 19 con el versículo 20 son vitales para nuestra vida cristiana: Cuando Dios nos mira, nos ve crucificados con Cristo, pero también nos ve resucitados con Cristo. Sólo cuando morimos para nuestra vida podemos experimentar la vida de Cristo en nosotros para vivir para Dios. Es interesante notar que Pablo dice que hemos muerto a la ley, a fin de vivir para Dios. Así que desde luego entendemos que los que aún viven en la ley, están muertos para Dios. Y Pablo pasó a explicar: "y ya no vivo yo,  mas vive Cristo en mí;  y lo que ahora vivo en la carne,  lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí". Este versículo es muy querido. Él nos habla sobre el hecho de que no vivimos más de acuerdo a nuestro querer, no vivimos de acuerdo a nuestra propia voluntad, pues es Cristo quien vive en nosotros, y no más nuestro ego. La vida que vivimos en este mundo como creyentes, es la vida por la fe en el Hijo de Dios.

Cuando Jesús nos invita a ser discípulos, Él dice que debemos negarnos a nosotros mismos. Y exactamente eso es lo que Pablo expone en estas palabras. No estamos más sujetos a la vieja naturaleza en que vivíamos, sino que ahora vive en nosotros la nueva naturaleza; el Señor Jesús es quien vive en nosotros, por el Espíritu Santo. Y Pablo enfatiza mucho el hecho de que el mismo Cristo se ha entregado por nosotros en la cruz. Esto le da todo el derecho de vivir en nuestro lugar. Usted debe recordar el capítulo 1, versículo 4. Allí Pablo dijo: "el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo,  conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre". Ahora, Pablo dice que Jesucristo dio su vida por nosotros. Él no dice que fue forzado por sus enemigos. Pablo dice que Cristo mismo se entregó espontánea y voluntariamente por nosotros de acuerdo a la voluntad de nuestro Dios y Padre. De manera que Cristo tiene todo el derecho de hacernos vivir de acuerdo a Su voluntad. Nuestro vivir no es más de acuerdo con nuestra voluntad, sino de acuerdo a la voluntad de Él. Esta es la gran maravilla del evangelio.

Y en el versículo 21, Pablo dejó en claro que el creyente solo puede vivir sobre la base de la gracia, porque vivir por la ley, o sobre la base de las obras de la ley, sea la ley de Moisés, o la ley de nuestra religión, o de nuestras comunidades, significa anular la gracia de Cristo, la gracia de Dios; pues entonces Cristo habría muerto en vano. La ley o la gracia. ¿Qué es lo que vas a escoger? ¿Está usted bajo la ley, o bajo la gracia?

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