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Articles by "Espíritu Santo"

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Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego, Romanos 1:16.

INTRODUCCIÓN

Existe una lucha despiadada  en contra de la verdad, de la Palabra de Dios, de los hijos de Dios y de la Iglesia. Una lucha liderada por uno, a quien Jesucristo no dudó en calificar como homicida.  Su nombre es Satanás. Y el utilizará todas las armas a su disposición para emprender sus malignos propósitos.
Si hay algo que estimula las perversas motivaciones de Satanás es su profundo deseo de opacar, desmentir, cuestionar y poner en duda la Palabra de Dios. Desde los mismos inicios de la humanidad ha utilizado todo tipo de estrategias, con el fin de oscurecer la Palabra de Dios.
En 2° Corintios 4:3-4 Pablo nos muestra ese patrón satánico cuando escribe: “Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo”.
Hoy vamos a examinar tres estrategias que él utiliza para oscurecer el poder de la Palabra de Dios.

LA ESTRATEGIA DE LA BURLA Y LA RIDICULIZACIÓN

En 1° Corintios 1:23 dice: “pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura”.
Los gentiles se reían de los cristianos. Los paganos de Roma y Corinto se burlaban de los cristianos. Y ya usted sabe, el mundo se ríe de nosotros, se burla de nosotros.
En algún momento alrededor del año 178, Celso escribió un duro ataque contra el cristianismo. Él escribió: "No permitamos que las personas incultas se nos acerquen. Ninguno que no sea sabio, sensible, por todo aquello que consideramos malo. Pero si alguno es ignorante, está carente de sentido común y cultura, si alguien es un insensato, dejémosle que con audacia se haga cristiano. Los vemos en sus propias casas, con vestiduras de lana, toscos, son los peores, los vulgares, los más incultos. Son como un enjambre de murciélagos o de hormigas que salen de sus nidos, o ranas celebrando un simposio alrededor de un pantano, o lombrices reuniéndose en el fango.
Buen tipo, este Celso. Y entonces dijo: "Los cristianos adoran a un hombre muerto". Satanás busca opacar la Palabra de Dios por medio de la burla y la ridiculización, de manera que usted se avergüence y mantenga la boca cerrada. Pero la Palabra de Dios nos recuerda: "Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios".

LA ESTRATEGIA DEL AUTORITARISMO RELIGIOSO

La reforma protestante, fue un movimiento religioso cristiano, iniciado en Alemania en el siglo XVI por Martín Lutero, producto de numerosas acusaciones de corrupción eclesiástica y falta de piedad religiosa que condujeron a una gran crisis a la Iglesia católica.
Lutero atacaba la doctrina de salvación por las obras, el sistema de indulgencias para financiar la construcción de la Basílica de San Pedro en Roma, lo que realmente dio inicio a la Reforma protestante.
También afirmaba que, de acuerdo a la Biblia, todos los cristianos eran sacerdotes sin necesidad de ninguna ordenación especial y negaba la autoridad suprema del Papa sobre la cristiandad universal. Criticaba los sacramentos de la Iglesia católica, reduciéndolos a solo dos, los cuales pensaba eran los bíblicamente establecidos.
No cabe duda que la Reforma Protestante es merecidamente considerada como el más grande avivamiento en los últimos mil años de historia de la iglesia, un movimiento tan masivo que alteró de forma radical el curso de la civilización occidental. Nombres como Martín Lutero, Juan Calvino y John Knox todavía son bien conocidos hoy, cinco siglos después de que vivieran. Y a través de sus escritos y sermones, estos reformadores valientes, y otros como ellos, dejaron un legado perdurable para las generaciones de creyentes que les han seguido.
Sin embargo, el verdadero poder detrás de la Reforma no fluyó de un solo hombre o un grupo de hombres. Sin duda, los reformadores dieron pasos audaces y se ofrecieron como sacrificio por la causa del evangelio, pero aun así, el triunfo arrollador del avivamiento del siglo XVI no puede ser acreditado a los actos de valor o las brillantes obras de enseñanza de estos hombres. No, la Reforma solo puede explicarse por algo mucho más profundo: fue una fuerza infinitamente más poderosa que cualquiera que los simples mortales pudieran producir por sí mismos.
La Reforma fue la consecuencia inevitable y explosiva de la Palabra de Dios chocando como un tsunami contra las fortalezas de la tradición humana y la religión hipócrita. Cuando la gente común de Europa tuvo acceso a las Escrituras en su propio idioma, el Espíritu de Dios usó esa verdad eterna para traer convicción a sus corazones y convertir sus almas. El resultado fue totalmente transformador, no solo para la vida de los pecadores en una región, sino para todo el continente.
Isaías 55:10-11, «Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié».
El principio de “solo las Escrituras” implantado por los reformadores es la manera en que hoy día podemos reconocer que la Palabra de Dios y el Espíritu Santo, era el poder imparable detrás del avance explosivo de la reforma.
 Martín Lutero dijo: «Todo lo que he hecho es exponer, predicar y escribir la Palabra de Dios, y aparte de esto no he hecho nada […]. Es la Palabra la que ha hecho grandes cosas […]. No he hecho nada, la Palabra ha hecho y conseguido todo».
Satanás busca opacar la Palabra de Dios por medio del autoritarismo religioso. Pero la Biblia es la única palabra revelada de Dios y por lo tanto la verdadera autoridad del creyente para la sana doctrina y una vida recta. La Palabra de Dios es poderosa, transformadora y totalmente suficiente «para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra», 2 Timoteo 3:16–17. La Palabra de Dios es el fundamento autoritativo de la fe cristiana, es inerrante, es infalible y es históricamente precisa.

LA ESTRATEGIA DEL FALSO EVANGELIO

Doscientos veintidós años después de la muerte de Martín Lutero, en el mismo lugar de nacimiento del más grande avivamiento de la historia, por el año de 1768, nacía otro influyente teólogo alemán llamado Friedrich Schleiermacher. Pero a diferencia de Lutero, Schleiermacher dejó que las dudas abrumaran su alma y en consecuencia rechazó la verdad del evangelio que sus padres luteranos le habían enseñado.
La crisis de fe de Schleiermacher lo sumergió en las profundidades de la incredulidad; y mientras se hundía, arrastró a otros con él, creando una marea de incredulidad que pronto contradijo los fundamentos del cristianismo bíblico. En realidad, muchos se sumergieron en esta educación teológica y ahogó a las denominaciones con mentiras acerca de la Biblia. Con el tiempo esta doctrina dio lugar al falso evangelio del liberalismo teológico.
Mientras estudiaba en la Universidad, Schleiermacher se expuso a los ataques antibíblicos de los pensadores de la Ilustración, de los incrédulos escépticos que negaban la veracidad histórica de la Biblia y de filósofos seculares que exaltaban la razón humana por encima de la revelación divina. Este asalto de ideas fue demasiado influyente y sus dudas pronto dieron paso a la negación pura y simple del evangelio.
En una carta a su padre, le dijo: «Si la fe es potestad de la Deidad, dice usted. ¡Ay! Querido padre, si cree que sin esta fe nadie puede alcanzar la salvación en el otro mundo, ni la tranquilidad en este, y tal se, es su creencia, ¡ah!, entonces ore a Dios para que me la conceda, porque yo la he perdido. No puedo creer que el que se llamaba a sí mismo el Hijo del Hombre sea el Dios verdadero y eterno, no puedo creer que su muerte fue una expiación vicaria».
Como un Judas Iscariote del siglo dieciocho, Schleiermacher traicionó su legado de fe, abandonó los fundamentos de verdad de las Escrituras y rechazó el evangelio, negando tanto la deidad de Cristo como su obra vicaria en la cruz.
Pero, Schleiermacher no deseaba abandonar la religión por completo. En su lugar, buscó una nueva autoridad en la cual basar su propio «cristianismo». Si las Escrituras no eran más su fundamento, Schleiermacher tendría que encontrar un nuevo fundamento. Lo halló en el Romanticismo.
El Romanticismo — fundamentado en la belleza, la emoción y la experiencia— fue la respuesta filosófica al enfoque racionalista que lo había conducido a dudar de su fe cristiana. Y, en un esfuerzo por restaurar una apariencia de cristianismo, se entregó a los principios filosóficos del Romanticismo.
En sus obras escritas, Schleiermacher trató de defender su doctrina argumentando que la base para creer en Dios no se encuentra en las verdades objetivas de las Escrituras, sino más bien en los sentimientos personales de la conciencia religiosa.
Schleiermacher buscó reemplazar el fundamento bíblico del cristianismo, intercambiando las verdades objetivas de las Escrituras por las experiencias espirituales subjetivas. La siembra de esa teología transgénica condujo a consecuencias desastrosas; en el caso de Schleiermacher, llevó a la cosecha mortal del liberalismo teológico, una forma de religión que se llamaba a sí misma «cristiana» pero al mismo tiempo  negaba la veracidad, la exactitud, la autoridad y el carácter sobrenatural de la Biblia.
Al igual que todas las formas de religión falsa, el liberalismo teológico comenzó con el abandono de la autoridad de la Palabra de Dios. Al apartarse de la sola autoridad de las Escrituras, el liberalismo teológico se convirtió en enemigo del verdadero cristianismo, una versión fraudulenta de aquello que decían representar.
Su pariente cercano, el carismatismo, ha seguido por ese mismo camino, basando su sistema de creencias en algo que no es la sola autoridad de las Escrituras y envenenando a la iglesia con una idea retorcida de la fe, enturbiando la clara enseñanza de las Escrituras y oscureciendo el verdadero evangelio, y elevando los sentimientos y las experiencias personales por encima de las Escrituras.
Aunque muchos carismáticos afirman de labios la superioridad de las Escrituras, en la práctica niegan tanto su autoridad como su suficiencia. Están más preocupados por los encuentros místicos y los éxtasis emocionales, buscan continuamente revelaciones del cielo, lo que significa que para ellos la Biblia por sí sola no es suficiente. Dentro de un modelo carismático, la revelación bíblica debe complementarse con «palabras de Dios» personales, supuestas sacudidas del Espíritu Santo y otras experiencias religiosas subjetivas. Ese tipo de pensamiento es un rechazo a la autoridad y la suficiencia de las Escrituras.
Satanás desea opacar la Palabra de Dios añadiendo falsos elementos, pero nosotros respondemos: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación”.

CONCLUSIÓN

Cualquier movimiento que no honra la Palabra de Dios no puede legítimamente pretender honrar a Dios. Si vamos a reverenciar al Soberano omnipotente del universo, debemos someternos por completo a lo que él ha hablado, Hebreos 1:1–2. Cualquier otra cosa es tratarlo con desprecio y revelarse contra su señorío. No hay nada más ofensivo para el Autor de las Escrituras que tener en poco, negar o distorsionar la verdad que ha revelado (Apocalipsis 22:18–19). Manipular la Palabra de Dios significa tergiversar lo que él escribió. Rechazar sus exigencias es llamarlo mentiroso. Ignorar su mensaje es hacerle un desaire al Espíritu Santo que lo inspiró.
Al ser la perfecta revelación de Dios, la Biblia refleja el glorioso carácter de su Autor.

  • Debido a que él es el Dios de la verdad, su Palabra es infalible.
  • Debido a que él no puede mentir, su Palabra es inerrante.
  • Debido a que él es el Rey de reyes, su Palabra es absoluta y suprema. 

Los que desean agradarlo deben obedecer su Palabra. Por el contrario, los que dejan de darle honor a las Escrituras sobre cualquier otra cosa que reclame ser verdad, deshonran a Dios mismo.
Él mismo ha exaltado su Palabra el lugar más alto. David puso de manifiesto esto en el Salmo 138:2. Hablándole a Dios, dijo: «Me postraré hacia tu santo templo, Y alabaré tu nombre por tu misericordia y tu fidelidad; Porque has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas».
Del mismo modo, los creyentes hoy están llamados a defender la verdad contra todos los que buscan socavar la autoridad de las Escrituras. Como escribió Pablo: «Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo», 2 Corintios 10:4–5.
Por medio del Espíritu Santo, Dios reveló la fe cristiana a los apóstoles en el primer siglo (cf. Romanos 16:25-26; 2 Timoteo 3:16). Sus enseñanzas, junto con las escrituras del Antiguo Testamento, constituyen el «conocimiento verdadero» de Jesucristo, y es todo lo que necesitan los creyentes para la vida y la santidad, 2 Pedro 1:3; cf. 2 Timoteo 3:16–17.

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¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle,  sois esclavos de aquel a quien obedecéis,  sea del pecado para muerte,  o sea de la obediencia para justicia?
Pero gracias a Dios,  que aunque erais esclavos del pecado,  habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados;  y libertados del pecado,  vinisteis a ser siervos de la justicia.
Hablo como humano,  por vuestra humana debilidad;  que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad,  así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia. Romanos 6:16-19.

INTRODUCCIÓN

Los movimientos carismáticos y pentecostalistas se atribuyen el  privilegio  al  título  de «cristianos llenos del Espíritu Santo». Ellos  definen la llenura del Espíritu  en  términos  de  experiencias  de manifestaciones  externas.  Una  descripción, muy  común  en los círculos de  los movimientos  pentecostales,  es la siguiente:  «Cuando  estamos  llenos  del Espíritu,  la  manifestación  externa  de  ese  don  es  hablar  en  lenguas».

Por supuesto, el hablar en lenguas no es la única señal evidenciada de la llenura del Espíritu  dentro  de ese  modelo  carismático,  tampoco es el  más  calamitoso.  Aún  más impresionante es el fenómeno del «descanso en el Espíritu» o «ser muerto en el Espíritu». Aquellos  que  son derribados  muestran  un  comportamiento  de  trance,  por  lo general  cayendo  de  espaldas  al  suelo  como  una  persona  muerta.  En  otras ocasiones, estos «muertos por el Espíritu» responden con una risa incontrolable, ladridos diversos, espasmos erráticos y síntomas extraños de intoxicación.

Y si usted piensa que hemos alcanzado el tope, permítame decirles que al igual que las bacterias, estos fenómenos mutan y se extienden. En  algunas  iglesias  carismáticas, las  personas  toman  el escenario y se lanzan «pelotas de fuego de unción»  imaginarias unas a otras,  y  luego  caen  al suelo  fingiendo estar muertas por las pelotas de poder divino. Predicadores animan a la congregación a inyectarse con agujas imaginarias cuando llegan al altar, para que puedan «elevarse en Jesús». En realidad están comparando la llenura del Espíritu con el  consumo  de  cocaína.  Como si todo esto no fuera suficiente, impulsan a sus seguidores a colocarse en  las  bocas  una  figurita  de plástico  de  un  pesebre  y  alientan  a  las  personas  a  que  «fumen  al niño Jesús» para que puedan experimentar «Jehová-guana», una referencia a la  mariguana.  Esto  es  más  grave  que  rebajar  las  cosas  de  Dios.  Es tomar el nombre del Señor en vano.

Caer de espaldas al suelo,  reír sin control,  balbucear frases sin sentido y actuar  como  un  borracho  es  lo  que  parece  ser  un  cristiano  lleno  del Espíritu Santo. Estos comportamientos no son considerados demasiado extraños si pueden ser acreditados al poder del Espíritu Santo. Convencidos  de  que  se  trata  del  resultado  de  ser  llenos  del  Espíritu,  los carismáticos  apoyan  con  entusiasmo  todas estas prácticas.

Las versiones carismáticas modernas de la profecía, las lenguas y la sanidad son todas formas falsas de los verdaderos dones bíblicos. Ahora bien, ser  «derribado  o  muerto  en  el  Espíritu» es  una invención carismática moderna. Esta práctica no se menciona en ninguna parte de la Biblia, lo que hace que no tenga respaldo bíblico en absoluto. El fenómeno moderno se ha  convertido  en  un  espectáculo  tan  común  y  popular,  que  el  carismático promedio da hoy por sentado que esta práctica debe tener algún tipo de origen bíblico  o  histórico.

Aunque  los  carismáticos  asocian  todos estos  tipos  de comportamiento con el Espíritu Santo, la verdad es que no tiene nada que ver con Él. Las Escrituras están llenas de advertencias acerca de las señales y prodigios falsos.

Jesús dijo: «Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los  escogidos.  Ya  os  lo  he  dicho  antes»,  Mateo  24:24–25.  El Señor Jesús claramente espera que  tomemos  en  serio  estas  advertencias  y  nos  protejamos  contra  el tipo  de credulidad bonachona que estos milagreros carismáticos fomentan de manera deliberada.

Siendo  que  estos  tipos  de  engaños  extravagantes  son  una  burla  al verdadero poder y llenura del Espíritu Santo, cabe preguntarse: ¿Qué es lo que realmente significa ser lleno del Espíritu? ¿Cuáles son las características que distinguen una vida cristiana llena del Espíritu Santo? Vamos a considerar la respuesta a esta pregunta  al  examinar  la  obra  del  Espíritu  en  la  santificación  del creyente.

SER LLENO DEL ESPÍRITU

Como ya hemos visto, todos los creyentes son:
  • Convencidos por el Espíritu Santo, Juan 16:7-11.
  • Regenerados y renovados, Juan 16:7-11.
  • Conducidos al arrepentimiento, Hechos 11:15–18.
  • Hechos participes de la comunión con Dios, Romanos 8:14–17. 
  • Hechos morada del Espíritu Santo, Romanos 8:9.
  • Sellados para eterna salvación, Juan 10:27–29.
Estas cualidades se producen  una  sola  vez; pero luego los  creyentes  deben  ser saturados de poder, de modo que todo lo que piensen, todo lo que hablen y todo lo que hagan sea el reflejo de la vida de Cristo. Esto puede ser alcanzado solo a través de la llenura del Espíritu Santo.

El  pasaje  específico  que nos habla acerca de la  llenura  del  Espíritu  está en Efesios 5:18, dice así: «No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu». El apóstol Pablo hace una comparación entre el efecto que produce el alcohol y el efecto del Espíritu Santo. Una persona que se embriaga, estará controlada en varias áreas de su vida por el alcohol. La persona se desinhibe y el alcohol toma control de sus acciones.

En contraste, aquella persona que se está llenando del Espíritu Santo es aquella que se está llenando del conocimiento de la Palabra de Dios, y su vida está siendo controlada por el Espíritu Santo. A diferencia de los resultados que produce el alcohol, el creyente que es lleno del Espíritu será un creyente victorioso, santo y servirá de edificación a la obra de la iglesia.

Cabe  destacar  que  la  orden  «sed  llenos»  está  en  tiempo  presente,  lo  que indica que debe ser una experiencia continua en la vida de cada cristiano. En otras palabras, los cristianos llenos del Espíritu Santo exhiben el fruto del Espíritu que Pablo identifica como «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (Gálatas 5:22–23).  Ellos  son  «guiados  por  el  Espíritu»  (Romanos  8:14),  es  decir,  su comportamiento  no  está  dirigido  por  sus  deseos  carnales,  sino  por  el  poder santificador del Espíritu Santo. Como Pablo explica en Romanos 8:5–9:
Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Más vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.
El tema del apóstol es que los que están llenos del Espíritu Santo buscan agradar a Dios a través de la aplicación práctica de la santidad. El dominio del Espíritu Santo sobre nuestras  vidas  nos  permite relacionarnos correctamente con Dios y los demás.

Tenemos dos pasajes paralelos que nos muestran esta correcta relación; Colosenses  3:16—4:1, Efesios  5:18—6:9. En estos pasajes el apóstol Pablo explica que en los creyentes debe residir la palabra de Cristo en abundancia, entonces al estar reunidos van a tener temas de qué hablar, porque estarán enseñándose unos a otros, y estarán cantando himnos y canticos espirituales.  Harán todo en el nombre del Señor Jesús,  «dando gracias a Dios Padre por medio de él». Las esposas estarán sujetas a sus maridos y los maridos, a su vez, amarán a sus esposas. Los hijos obedecerán a sus padres y los padres no exasperarán a sus hijos. Los siervos trabajarán diligentemente para sus amos y los amos responderán tratando a sus trabajadores con justicia.

Por lo tanto, podemos ver que obedecer el mandamiento de ser llenos del Espíritu no implica manifestaciones emocionales de éxtasis o encuentros místicos. Es el resultado de la lectura,  la meditación y la sumisión a la Palabra de Cristo,  permitiendo que las Escrituras  se implanten en nuestros  corazones  y  mentes.  Dicho  de  otra  manera, estamos llenos del Espíritu Santo cuando estamos llenos de la Palabra de Dios, la cual el Espíritu Santo inspiró y a la que le dio poder. Cuando ordenamos nuestros pensamientos según la enseñanza Bíblica, y aplicamos su verdad a nuestra vida cotidiana, nos ponemos cada vez más bajo el control del Espíritu.

ANDAR EN EL ESPÍRITU

El  Nuevo  Testamento  describe  la  vida  llena  del  Espíritu  Santo  mediante  la analogía de caminar en el Espíritu. Pablo lo expresó de esta manera en Gálatas 5:25: «Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu». Así como caminar requiere dar un paso a la vez, ser llenos del Espíritu consiste en vivir bajo el control del Espíritu pensamiento a pensamiento, decisión a decisión. Los que están verdaderamente llenos del Espíritu, cada paso que dan por la senda verdadera, lo dan con el Espíritu.

En Romanos 6:4 el apóstol señala que como creyentes,  se  nos ordena a caminar en novedad de vida, esto quiere decir: en pureza, en contentamiento, en fe, en buenas obras, en  amor,  en sabiduría,  en la verdad. Ahora bien, para alcanzar estas cualidades que caracterizan la forma de caminar del creyente, primero tenemos que andar en el Espíritu. Él es el que produce los frutos de justicia en nosotros y a través de nosotros.

Tal como Pablo explicó: «Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis» (Gálatas 5:16–17). El concepto de andar se refiere al modo normal de conducirnos por la vida.  Aquellos  cuyas  vidas  se  caracterizan  por andar  en  la  carne demuestran en su conducta y en su hablar las obras de la carne. Por el contrario, los que andan en el Espíritu dan evidencia de que se asemejan a Cristo.

Pedro reafirmó esta verdad con las siguientes palabras: «Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo»  (1 Pedro 1:15–16; cp.  Hebreos 12:14).  De manera que será de profunda consideración para cada creyente, que mediante el poder del Espíritu Santo, «renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente» (Tito 2:12).

Por supuesto, esto no significa que los cristianos ya no lucharán más contra el pecado y la tentación. Todos los creyentes todavía batallamos contra la carne. La carne es el enemigo interno, el remanente del viejo hombre que pelea contra los deseos piadosos y justos (Romanos 7:23).

Pero, si el creyente aspira obtener la victoria sobre los deseos de su carne y crecer en santidad, deberá actuar en el poder del Espíritu. Como Pablo explica en Romanos 8:13–14: «Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. Porque  todos  los  que  son  guiados  por  el Espíritu  de  Dios,  éstos  son  hijos  de Dios».

SER SEMEJANTES A LA IMAGEN DE CRISTO

Si queremos saber cómo es una vida llena del Espíritu, no necesitamos mirar más allá  de  nuestro  Señor  Jesucristo.  Él se  destaca  como  el principal ejemplo  de alguien que actuó plena y perfectamente bajo el control del Espíritu. Durante el ministerio  terrenal de  Jesús,  el Espíritu  fue  su  compañero  inseparable.  En  su encarnación, el Hijo de Dios se despojó voluntariamente, poniendo a un lado el uso independiente de sus atributos divinos (Filipenses 2:7–8). Él se hizo carne y se sometió por completo a la voluntad de su Padre y al poder del Espíritu Santo (cp. Juan 4:34).

En todo momento, desde su nacimiento hasta su muerte, la vida de nuestro Señor estuvo bajo el poder del Espíritu Santo.  Jesucristo fue perfectamente lleno del Espíritu Santo,  actuando siempre bajo  el  control  total  del  Espíritu.  Su  vida  de  obediencia  absoluta  y  perfecta correspondencia a la voluntad del Padre, es un testimonio del hecho de que nunca hubo un tiempo en que no anduviera bajo el control del Espíritu. Por lo tanto, el Señor Jesús es el prototipo perfecto de lo que significa vivir una vida llena del Espíritu: en plena obediencia y en conformidad completa a la voluntad de Dios.

No debe sorprendernos entonces, que el Espíritu Santo trabaje activamente en los corazones de sus santos para hacerlos semejantes a la imagen de Jesucristo. Para el Espíritu es un gran deleite dar testimonio del Hijo de Dios (Juan 15:26).  El Espíritu  glorifica  a  Cristo,  guiando  a  las  personas  hacia  él  (Juan  16:14)  y estimulándola a someterse gozosamente a su señorío (1 Corintios 12:3).
Esto es lo que le interesa al Santo Espíritu, no golpear a las personas, lanzándolas por el suelo,  haciendo cosas sin sentido y provocándoles una agitación emocional.  El circo carismático de confusión no conforma a nadie a la imagen de Cristo, quien refleja a la perfección la imagen de su Padre, Colosenses 1:15. Por lo tanto, este es un modelo totalmente falso de la santificación.

Pablo profundizó  sobre  este  aspecto  del ministerio  del Espíritu  orientado a Cristo en 2 Corintios 3:18. Allí escribió: «Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria  en  gloria  en  la  misma  imagen,  como  por  el  Espíritu  del  Señor».

Cuando usted se mira en el espejo de la Palabra de Dios ¿Qué observa? ¿Observa la gloria de Cristo reflejada en usted?

CONCLUSIÓN

La santificación es la obra del Espíritu mediante la cual nos muestra a Cristo, por medio de su Palabra, y luego progresivamente nos moldea según esa misma imagen. De modo que, mediante el poder del Espíritu, contemplamos la gloria del Salvador y nos volvemos más y más como él. El Espíritu Santo no solo le presenta al Señor Jesucristo a los creyentes en el momento de su salvación, energizando su fe en el evangelio, sino que continúa revelándoles la gloria de Cristo al iluminar la Palabra de Dios en sus corazones. De este modo, hace que ellos crezcan progresivamente en la semejanza de Cristo durante toda la vida.

En la Biblia queda claro que ser un cristiano «lleno del Espíritu» no tiene nada que ver con hablar galimatías sin sentido, caerse al suelo en un trance hipnótico,  o cualquier otro encuentro místico de supuesto poder extático.  Más bien, se relaciona con la sumisión de nuestros corazones y mentes a la Palabra de Cristo, andando en el Espíritu y creciendo día a día en amor por el Señor Jesús y en el servicio de todo su cuerpo, que es la iglesia.

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Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.  2 Corintios 3:17-18.

INTRODUCCIÓN

Desde la invención de las monedas griegas alrededor del 600 A.C. hasta la introducción del papel moneda en la China del siglo XIII, la falsificación siempre ha sido considerada un delito grave. Históricamente, a menudo se castigaba con la muerte. Ese nivel de sanción puede parecer duro a nuestros oídos modernos, pero el delito de falsificación era severamente castigado por dos razones principales.
  1. La ley lo consideraba una amenaza a la estabilidad económica del estado y al bienestar de los ciudadanos.
  2.  En algunos países la emisión de moneda se consideraba un derecho que solo pertenecía al rey.
Por lo tanto, la falsificación no era simplemente un pequeño robo en contra de la persona engañada que tomaba la moneda falsa, sino que se consideraba algo mucho más grave, un peligro para la sociedad en general y una conspiración contra la autoridad real.

Sin embargo, ¿qué sucede con los que falsifican la obra de Dios? La tercera persona de la Trinidad ha sido completamente tergiversada, insultada y agraviada por falsos movimientos que se propagan en su nombre. Operando bajo falsos argumentos y maniobrando mediante falsas profecías, los movimientos carismáticos y pentecostalistas inundan  más y más los círculos cristianos, dejando una estela de error doctrinal y ruina espiritual a su paso.

El delito de falsificación de dinero es una pequeñez en comparación con el acto traicionero de la falsificación del ministerio del Espíritu Santo. Si la impresión de moneda falsa es una  amenaza  para la  sociedad y los gobiernos,  la predicación de un evangelio falso, la  promoción  de  experiencias religiosas fraudulentas, representa un peligro mucho mayor, un delito mucho más grave contra el mismísimo Rey de reyes.

Teniendo en cuenta la gravedad de esos delitos, los creyentes deben estar preparados para identificar, advertir y diferenciar lo santo de lo profano. Y la única manera de estar preparados para identificar y refutar el error es conocer la verdad, es estar íntimamente familiarizado con lo que es auténtico y genuino, en comparación con los falsos avivamientos y las imitaciones espirituales.

La correcta comprensión acerca del Trino Dios es fundamental para consolidar lo que creemos acerca del Espíritu Santo. Pensar correctamente sobre la persona del Espíritu Santo y su obra es esencial para la adoración, para la doctrina y para la correcta aplicación de la teología en la conducta diaria.

¿Qué es lo que el Espíritu Santo está haciendo en el mundo hoy día? Hay una tarea que la iglesia de Cristo necesita emprender con urgencia y es volver a descubrir a la persona y la obra del Espíritu Santo. Estudiemos más sobre en el auténtico ministerio del Espíritu Santo.

Hoy vamos a considerar solo seis aspectos de la obra del Espíritu en la salvación, desde su obra de convicción al llamar a los pecadores para ser salvos hasta su obra de sellado al asegurar a los creyentes para la gloria eterna.

1° EL ESPÍRITU SANTO CONVENCE DE PECADO A LOS INCONVERSOS

Juan 16:7-11: «Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; más si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado».

Cuando se anuncia el mensaje del evangelio mediante la predicación, los inconversos en el mundo se enfrentan a la realidad de su pecado y las consecuencias de su incredulidad.

Para los que rechazan el evangelio, la obra del Espíritu Santo podría compararse con la actividad de un fiscal. Él los condena en el sentido de que son declarados culpables ante Dios. “…pero el que no cree,  ya ha sido condenado,  porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”, Juan 3:18. La obra de convicción del Espíritu no consiste en hacer que los incrédulos contumaces pecadores se sientan mal, sino en pronunciar un veredicto legal en contra de ellos.

Sin embargo, para aquellos a quienes el Espíritu atrae al Salvador, su obra de convicción es absoluta; el Espíritu Santo estimula sus conciencias y penetra hasta lo más íntimo. Por lo tanto, para los elegidos, esta obra de convicción es el principio de la salvación de Dios, lo que conocemos como el llamamiento eficaz.

Según las palabras de nuestro Señor, el ministerio de convicción del Espíritu Santo abarca tres áreas.

En primer lugar, convence a los no redimidos de sus pecados. El Espíritu Santo, les muestra la realidad de su miserable condición delante de Dios; persuade a los pecadores de su falta de fe en el evangelio. La respuesta natural de los hombres y mujeres caídos es rechazar a la persona y la obra del Señor Jesucristo. Sin embargo, el Espíritu enfrenta la incredulidad del corazón duro del mundo.

En segundo lugar, convence a los incrédulos de justicia. El Espíritu Santo los confronta con la verdad de la perfecta justicia de Jesucristo. El hombre a sí mismo se exhibe como justo e ignora  cualquier evidencia de culpa. El Espíritu Santo derriba la fachada de justicia propia, y lo conduce a considerar la justicia infalible de Jesucristo, el Cordero de Dios sin mancha.

En tercer lugar, convence a los pecadores del justo juicio divino. Así como Satanás está condenado a la ruina eterna después de haber sido derrotado en la cruz, del mismo modo también todos los que forman parte del dominio de Satanás están bajo el juicio de Dios. La persona que pisotea la sangre de Cristo haciendo caso omiso a la oferta del evangelio, «afrenta al Espíritu de gracia», y le aguarda un implacable castigo (cp. Hebreos 10:29-31).

Nadie será atraído nunca a la salvación en Cristo con la mera predicación; primero el Espíritu tiene que obrar de manera sobrenatural a fin de abrir el corazón del pecador para recibir el mensaje. Al proclamar la verdad de las Escrituras, el Espíritu de Dios la usa para penetrar los corazones de los no redimidos, convenciéndolos de la verdad y convirtiéndolos de hijos de ira en hijos de Dios (Hebreos 4:12; 1 Juan 5:6).

2° EL ESPÍRITU SANTO REGENERA LOS CORAZONES PECAMINOSOS

Tito 3.4–7: «Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna».

El llamamiento eficaz de los elegidos comienza con la obra de convicción del Espíritu. Sin embargo, no se detiene allí. El corazón del no creyente debe tomar vida, ser transformado, purificado y renovado (Efesios 2:4). Y esta  es la obra del Espíritu Santo, él regenera a los pecadores de modo que los que antes eran miserables renazcan como nuevas criaturas en Cristo.

En Juan 3, el Señor Jesús explicó esta labor del Espíritu Santo a Nicodemo cuando le dijo que tenía que nacer de nuevo. Confundido por las complicidades de esa verdad, Nicodemo le preguntó: «¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?» (v. 4). Jesús le respondió con estas palabras: «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (vv. 5–8).

Las palabras del Señor ponen de manifiesto que la obra de regeneración es potestad soberana del Espíritu Santo. En la esfera humana, los bebés no se conciben a sí mismos. Del mismo modo, en el ámbito espiritual, no es iniciativa de los pecadores nacer de nuevo, ni tampoco pueden lograrlo por ellos mismos. La regeneración es la obra completa del Espíritu.

3° EL ESPÍRITU SANTO CONDUCE A LOS PECADORES AL ARREPENTIMIENTO

Hechos 11:15–18: Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó en agua, más vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo. Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios? Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!

No puede haber arrepentimiento o fe hasta que el corazón haya sido renovado o regenerado. De manera que, en el momento de la regeneración, el Espíritu Santo imparte el don de la fe que produce arrepentimiento y da como resultado una conversión.

Pedro y los demás se dieron cuenta de que la prueba irrefutable de que Cornelio y su familia verdaderamente se habían arrepentido era que habían recibido el Espíritu Santo.  Ellos quedaron plenamente convencidos y exclamaron: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida! (vs. 18).

4° EL ESPÍRITU SANTO PERMITE LA COMUNIÓN CON DIOS

En Romanos 8.14–17: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados».

Pablo usa la metáfora de la familia para una mayor comprensión; por medio del Espíritu de adopción, hemos recibido el inmenso privilegio de formar parte de la familia de Dios. Incluso podemos entrar sin temor en la presencia del Padre y hablar íntimamente con Él;  y es el Espíritu Santo quien capacita a los creyentes para disfrutar de esa íntima comunión.

El Espíritu produce una actitud de profundo amor a Dios en los corazones de aquellos que han nacido de nuevo. Ellos se sienten atraídos a Dios, no le temen. Anhelan tener una relación con él, meditar en su Palabra y tener comunión en oración.  Entregarle  con  toda  libertad  sus  preocupaciones,  confesarle francamente sus pecados sin temor, sabiendo que todo ha sido cubierto por su gracia mediante el sacrificio de Cristo.

5° EL ESPÍRITU SANTO MORA EN EL CREYENTE

Romanos 8.9: «Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él».

En la salvación, el Espíritu Santo no solo regenera al pecador y le imparte fe salvadora, sino que habita de forma permanente en la vida de ese nuevo creyente. De una forma maravillosa e incomprensible, el Espíritu de Dios hace su morada en la vida de cada hijo de Dios.

En 1 Corintios 6:19–20, Pablo les preguntó a los creyentes de Corinto: « ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios».

Es importante destacar que no existe tal cosa como un creyente genuino que no posea el Espíritu Santo. Es un terrible error doctrinal, promocionado por muchos en el pentecostalismo, afirmar que una persona pudiera ser salva y no recibir el Espíritu Santo. La declaración de Pablo en Romanos 8:9 reafirma: «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él».

Los creyentes genuinos, en quienes el Espíritu Santo mora, piensan, hablan y actúan de manera distinta. Ya no aman al mundo, sino que aman las cosas de Dios.

6° EL ESPÍRITU SANTO SELLA LA SALVACIÓN PARA SIEMPRE

Juan 10:27–29: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre».

Este pasaje así como otros en la Biblia establecen claramente que los redimidos no pueden perder su salvación. El apóstol Pablo reafirma esta verdad al final de Romanos 8:38–39 donde escribió: «Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro».

Ninguna persona o fuerza, terrestre o extraterrestre, podrá romper alguna vez el vínculo de comunión entre Dios y los que le pertenecen. El mismo Espíritu Santo garantiza personalmente este hecho. Como escribió Pablo en Efesios 1:13–14: «En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria».

Los creyentes son sellados por el Espíritu Santo hasta el día de la redención. Él les asegura la gloria eterna.

Por desgracia, muchos grupos pentecostales y carismáticos pasan por alto completamente este verdadero ministerio del Espíritu Santo. En lugar de descansar en la seguridad del Espíritu, enseñan que los creyentes pueden perder su salvación. Como resultado, sus seguidores viven con el constante temor de un futuro incierto y no le dan honor al Espíritu Santo, que mantiene a los creyentes seguros.

CONCLUSIÓN

El Espíritu Santo está involucrado en todos los aspectos de la salvación; la Biblia destaca la obra del Espíritu de convencer, regenerar, convertir, adoptar, morar en nosotros y darnos seguridad. En un modo general podemos decir que el Espíritu Santo abarca la justificación, la santificación y la glorificación del creyente.

De manera que, ahora que hemos sido redimidos, nuestra respuesta al milagro de la salvación debe ser una asombrosa adoración, alabando a cada miembro de la Trinidad por su parte en la gloriosa manifestación de la redención.

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