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"Entonces el suegro de Moisés le dijo: —No está bien lo que haces.  Te agotarás del todo, tú y también este pueblo que está contigo. El trabajo es demasiado pesado para ti; no podrás hacerlo tú solo. Ahora pues, escúchame; yo te aconsejaré, y Dios estará contigo. Sé tú el portavoz del pueblo delante de Dios, y lleva los asuntos a Dios. Enséñales las leyes y las instrucciones, y muéstrales el camino a seguir y lo que han de hacer. Pero selecciona de entre todo el pueblo a hombres capaces, temerosos de Dios, hombres íntegros que aborrezcan las ganancias deshonestas, y ponlos al frente de ellos como jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez". Éxodo 18:17-21.

La gente a menudo desarrolla un deseo de algo que no está en el plan de Dios para ellos. Cuando no pueden alcanzar lo que está puesto en el deseo de su corazón pueden construir una intensa e implacable presión.

Los cristianos que son consumidos por la avaricia han dejado de depender de Dios. Para alcanzar una meta, algunos manipulan las circunstancias, porque ellos han perdido la fe en la capacidad del Señor para saber qué es lo mejor y como proporcionarlo. Tal comportamiento indica un rechazo de la soberanía de Dios. Entonces el miedo se convierte en un problema, ya que la persona persigue más y más el objeto de su deseo.

Las consecuencias de la codicia son dolorosas: la sensibilidad espiritual de un creyente puede debilitarse hasta el punto de que ya no es sensible a la voz del Espíritu. A medida que un cristiano se distancia a sí mismo del Señor, una actitud codiciosa probablemente lo conviertan en un desagradecido. Es difícil ser agradecido por las cosas que uno no tiene, y la atención esté centrada en lo que le falta.


La codicia lleva a una vida de tensión y preocupación. Jetro sabiamente aconsejó a su yerno Moisés a buscar ayudantes que odiaran las ganancias mal habidas. Estos hombres estaban más interesados en lo que Dios proveyera para ellos, que en lo que podían adquirir por sí mismos. Si queremos ser como ellos, hay que centrarse en los propósitos de Dios para nuestra vida. Cuando somos sensibles a su voz, Él nos enseña a distinguir entre los deseos que están dentro de su voluntad y los que se encuentran fuera de ella. Como creyentes, tenemos el poder del Espíritu Santo que mora en nosotros y nos ayuda a resistir la tentación de los malos deseos. La codicia no tiene que ser nuestra perdición.

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"Por tanto, sed imitadores de Dios como hijos amados, y andad en amor, como Cristo también nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio en olor fragante a Dios. Pero la inmoralidad sexual y toda impureza o avaricia no se nombren más entre vosotros, como corresponde a santos; ni tampoco la conducta indecente, ni tonterías ni bromas groseras, cosas que no son apropiadas; sino más bien, acciones de gracias. Porque esto lo sabéis muy bien: que ningún inmoral ni impuro ni avaro, el cual es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios". Efesios 5:1-5.

Una de las toxinas mejor ocultas en la vida de un creyente es la codicia. Tendemos a pensar que el término describe simplemente un deseo de un elemento que pertenece a otra persona, pero es algo más profundo que eso. La codicia es un intenso anhelo de algo que no tenemos, junto con la creencia de que no vamos a ser felices o estar satisfechos hasta que lo consigamos.

Si estamos impulsados por un deseo insaciable que nos distrae de nuestra relación con Dios, entonces estamos en peligro; tal deseo intenso es realmente una forma de idolatría. Nuestra ansiedad por satisfacer el deseo se traduce en la colocación del objeto antes que Dios. Esa es la naturaleza misma de la adoración de ídolos.

Todos tenemos deseos en el corazón, y muchos de ellos han sido plantados por el Señor mismo. Cualquier deseo en el marco de la voluntad de Dios es aceptable. Por ejemplo, no hay nada en las Escrituras que diga que es malo el deseo una bonita casa o un automóvil. Dios tiene un propósito, el plan y el tiempo determinado para satisfacer nuestras necesidades y suministrar nuestros deseos legítimos. Sin embargo, cuando elegimos cumplir un legítimo deseo dado por Dios de una manera que no está en consonancia con la voluntad del Señor, somos culpables de codicia.


La razón por la cual la codicia es tan perjudicial es que no tiene fin. Cuando alcanzamos un objetivo que pensamos que nos satisfará, descubrimos que todavía no estamos satisfechos. Así que apuntamos a otra cosa que creemos que traerá satisfacción y quedamos atrapados en un ciclo de insatisfacción/satisfacción. Pero nada puede traer la paz y la verdadera alegría a nuestro corazón que no sea una estrecha relación con Jesucristo.

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Les suplico que lleven una vida digna del llamado que han recibido de Dios, porque en verdad han sido llamados. Sean siempre humildes y amables. Sean pacientes unos con otros y tolérense las faltas por amor. Hagan todo lo posible por mantenerse unidos en el Espíritu y enlazados mediante la paz. Pues hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, tal como ustedes fueron llamados a una misma esperanza gloriosa para el futuro”. (Efesios 4:1-4).

La unidad del Espíritu debe ser seriamente mantenida en humildad, mansedumbre, paciencia y amor entre los cristianos. El pasaje arriba describe el objetivo de un andar íntegro: la unidad en el Espíritu. Jesús oró por los creyentes: "para que todos sean una cosa, así como tú, oh Padre, en mí y yo en ti, que también ellos lo sean en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste". (Juan 17:21). Nuestro testimonio al mundo depende de nuestra unidad como creyentes.

El mundo está lleno de discordia, hostilidad, amargura y resentimiento. Si en medio del mundo hay un oasis de unidad y armonía, la gente se preguntará, qué tienen estas personas. Es entonces cuando tenemos la oportunidad de decir: "Esto es lo que Cristo hace". El mundo necesita ver que la iglesia de Cristo no es otro club social, sino un organismo de Dios; nacido sobrenaturalmente, sostenido sobrenaturalmente, y con un destino sobrenatural.

Nuestra unidad dependerá de las virtudes que hayamos ejercitado: mansedumbre, paciencia y el amor benigno. Sin ellos, la unidad es imposible. Además, nuestra unidad requiere de diligencia. La palabra traducida como "diligente" en Efesios 4:3 lleva la idea tanto de celo como de urgencia. La diligencia, en su sentido más alto, es el esmero y el cuidado en ejecutar algo. Una prontitud de hacer algo con gran agilidad tanto interior como exterior. Como toda virtud se trabaja, netamente poniéndola en práctica. Vamos entonces a trabajar por la unidad en el Espíritu, y a trabajar desde ahora. Necesitamos plena dedicación. Este es un paso personal, no de equipo, y si quiere darse prisa y empezar a trabajar en la unidad, necesita comenzar en su corazón. Comprométase primero en caminar dignamente, haciendo coincidir su vida con su teología.

Es doloroso observar todo el aislamiento y discordia que existe en  las iglesias hoy. Una de las principales causas que nos divide, es el enfoque en los distintivos denominacionales. En cambio, deberíamos centrarnos en los distintivos bíblicos, que es lo que nos une. Tenemos que humillarnos y aprender a amarnos unos a otros. Ahora entiéndase bien, la unidad no se alcanza iniciando un movimiento ecuménico mundial; pero la obtendremos cuando lleguemos a ser lo que Dios desea que seamos. Trabajar en la unidad es una tarea de tiempo completo que exige la máxima dedicación y obediencia de todo cristiano.


Oremos para que Dios nos de el entendimiento y fortaleza necesaria para trabajar con esmero en función de un cambio que empieza con cada uno de nosotros mismos.

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“Por eso yo, prisionero en el Señor, os exhorto a que andéis como es digno del llamamiento con que fuisteis llamados: con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos los unos a los otros en amor”. (Efesios 4:1-2).

Los cristianos pacientes soportan las circunstancias negativas; hacen frente a personas difíciles, y aceptan el plan de Dios para toda situación. En nuestra  cultura instantánea, "lo quiero ahora", la paciencia es difícil de conquistar. Nos enojamos si tenemos que esperar demasiado tiempo en la cola del supermercado, o si quedamos atrapado detrás del tipo que conduce a veinte kilómetros por hora, por debajo del límite de velocidad.

La paciencia es el rasgo de una personalidad madura. Es la virtud de quienes saben sufrir y tolerar las contrariedades y adversidades con fortaleza y sin lamentarse. Esto hace que las personas que tienen paciencia sepan esperar con calma a que las cosas sucedan, ya que entienden que las cosas no dependen estrictamente de uno. El pasaje arriba nos dice que nuestras vidas deben estar marcadas por la paciencia. Una persona paciente no tiene una mecha corta o pierde los estribos.

Hay tres aspectos en la paciencia bíblica:
En primer lugar, la paciencia nunca cede frente a las circunstancias negativas, por muy difíciles que estas sean. Dios le dijo a Abraham que lo convertiría en una nación grande y le daría la tierra de Canaán a sus descendientes (Génesis 12:2, 7). Cuando Dios hizo esta promesa, Abraham y Sara ni siquiera tenían hijos. Tuvieron que esperar mucho más allá de sus años fértiles antes de que Dios les diera un hijo. Pero Hebreos 6:15 dice: "Y así Abraham, esperando con suma paciencia, alcanzó la promesa". "Sin debilitarse en la fe, él tuvo muy en cuenta su cuerpo ya muerto (pues tenía casi cien años) y la matriz muerta de Sara. Pero no dudó de la promesa de Dios por falta de fe. Al contrario, fue fortalecido en su fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que Dios, quien había prometido, era poderoso para hacerlo". (Romanos 4:19-21). Él confió en Dios y esperó pacientemente a que cumpliera su promesa.

En segundo lugar la paciencia hace frente a las personas difíciles. Pablo nos dice: "Hermanos, también os exhortamos a que amonestéis a los desordenados, a que alentéis a los de poco ánimo, a que deis apoyo a los débiles, y a que tengáis paciencia hacia todos". (1 Tesalonicenses 5:14). Esto es aplicar mansedumbre; proviene de un espíritu que se niega a tomar represalias. Nuestra reacción normal es estar a la defensiva cuando se nos provoca. Pero una persona paciente soporta el insulto, la persecución, el trato injusto, la calumnia y el odio. Atiende a Dios, no a sí mismo, sabiendo que Dios pagará todo pecado en el momento adecuado. No se puede iniciar una pelea con una persona paciente.

En tercer lugar, la paciencia acepta el plan de Dios para todo. No cuestiona, ni reniega de Dios. Una persona paciente entiende, acepta y dice: "Señor, si esto es lo que usted ha planeado para mí, entonces esto está bien". Romanos 8:28 dice: "Y sabemos que Dios hace que todas las cosas ayuden para bien a los que le aman, esto es, a los que son llamados conforme a su propósito". Puesto que Dios está en control de todas las cosas, podemos ser pacientes, a la espera de que Él llevará a cabo su voluntad.


Pídale a Dios que le ayude a reconocer cuando las situaciones tienden a volverlo impaciente. Cuando esos tiempos lleguen, ore a Dios por fortaleza para poder soportar.

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“Por eso yo, prisionero en el Señor, os exhorto a que andéis como es digno del llamamiento con que fuisteis llamados: con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos los unos a los otros en amor”. (Efesios 4:1-2).

Para llegar a ser más manso, comience por observar de cerca sus actitudes. Hemos señalado que la mansedumbre es esencial para aquellos que quieren caminar dignamente. Entonces, ¿cómo puedes saber si eres manso? Te voy a dejar algunas preguntas prácticas para que las evalúes con honestidad.

En primer lugar, ¿tiene usted control de sí mismo? ¿gobierna  usted su propio espíritu (Proverbios 16:32), o pierde los estribos bruscamente? Cuando alguien lo acusa de algo, se defiende de inmediato, o está más inclinado a considerar si hay algo de verdad en lo que le acusan?

En segundo lugar, ¿te enfureces solamente cuando Dios es deshonrado? ¿Le desagrada y enoja  el pecado o cuando la Palabra de Dios es pervertida por los falsos maestros?

En tercer lugar, ¿busca siempre hacer las paces? La persona mansa es pacificadora. Efesios 4:3 dice que estemos "procurando con diligencia guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz". ¿Si alguien cae en pecado, lo condenas o chismeas acerca de esa persona? Gálatas 6:1 nos da instrucciones de como tratar con hermanos que han, "restaurad al tal con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado". Los chismes y la condenación dividen creyentes; el perdón y la restauración los unen. Las personas mansas no empiezan las peleas; ellos las terminan.

En cuarto lugar, ¿acepta usted las críticas sin tomar represalias? Ya sea que la crítica esté bien o mal, no se debe devolver el golpe. De hecho, podría más bien agradecer a sus críticos, porque la crítica podría mostrarle sus debilidades y ayudarle a crecer.

Por último, ¿tiene usted la actitud correcta hacia los inconversos? Pedro dice: "Más bien, santificad en vuestros corazones a Cristo como Señor y estad siempre listos para responder a todo el que os pida razón de la esperanza que hay en vosotros, pero hacedlo con mansedumbre y reverencia". (1 Pedro 3:15). Si somos perseguidos, es fácil para nosotros pensar, no pueden tratarme así, soy un hijo de Dios. Pero Dios quiere acercarnos a los inconversos con mansedumbre, tomando en cuenta que Dios también se acercó a nosotros con mansedumbre,  antes de ser salvos (Tito 3: 3-7).


Considere cuidadosamente sus respuestas a estas preguntas, y comprométase a llevar una vida que se caracterice por la humildad, paciencia y mansedumbre. Recuerde que "un espíritu afable y apacible,  es de grande estima delante de Dios". (1 Pedro 3:4). Si alguna de estas preguntas han señalado deficiencias en su mansedumbre, pida a Dios que fortalezca esas áreas.

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Ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. (Gálatas 3:28)

Pablo se centró en las distinciones contemporáneas bien definidas de su sociedad, que habían trazado líneas bien nítidas y establecido altos muros de separación entre las personas. La esencia de esas distinciones fue la idea de que algunas personas a saber, judíos, hombres libres, y hombres en general, eran mejores que, más valiosos que, más importantes que los demás. El evangelio destruyó todo tipo de pensamiento orgulloso. La persona que se convierte en uno con Cristo, también se hace uno con todos los demás creyentes. En los asuntos espirituales, no hay distinciones entre los que pertenecen a Cristo; no hay espacio para discriminación racial, social o sexual; o en  términos bíblicos entre "Judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer".

Esto no quiere decir que no deba mostrarse respeto en los lugares de trabajo, o para las personas de rango elevado. Esto no quiere decir que todos están en un nivel en cuanto a talentos, comodidades, funciones, oficios,  o riquezas; sólo significa que todas las personas están en un nivel "en cuanto a lo espiritual". Este es el único punto en discusión; y la interpretación debe limitarse a esto. Es un hecho que no todas las personas están en un mismo nivel en todas las cosas, tampoco es un hecho que los diseños del Evangelio rompen todas las distinciones de la sociedad.

Pablo, estaba hablando de diferencias espirituales, diferencias delante del Señor, en cuanto a valor espiritual, privilegio y dignidad. En consecuencia, los prejuicios por motivos de raza, condición social, sexo o cualquier otro tipo de diferencias superficiales y temporales no tiene lugar en la comunión de la iglesia de Cristo. Todos los creyentes, sin excepción, son uno en Cristo Jesús. Todas las bendiciones espirituales, los recursos y las promesas se dan por igual a todos los que creen para salvación (cf. Romanos. 10:12).

Fue sólo con gran dificultad que Pedro finalmente se enteró de que no hay distinciones raciales en Cristo; "De veras, me doy cuenta de que Dios no hace distinción de personas" entre Judío o griego, "sino que en toda nación le es acepto el que le teme y obra justicia"(Hechos 10:34-35). Entre los cinco profetas y maestros en la iglesia de Antioquía estaba "Simón llamado Níger", esto significa negro (Hechos 13:1). El amado hijo de Pablo en la fe era Timoteo, cuyo padre era gentil y cuya madre y abuela eran judíos (Hechos 16:1; 2 Timoteo 1:5).

Del mismo modo no hay distinciones de acuerdo a la condición social o económica. Pablo le dijo a los esclavos cristianos que fueran obedientes "como a Cristo", y a los amos exhortó a tratar bien a sus  esclavos "dejando las amenazas; porque sabéis que el mismo Señor de ellos y vuestro está en los cielos, y que no hay distinción de personas delante de él". (Efesios 6: 5, 9).

Santiago advirtió: "Hermanos míos, tened la fe de nuestro glorioso Señor Jesucristo, sin hacer distinción de personas.  Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y ropa lujosa, y también entra un pobre con vestido sucio, y sólo atendéis con respeto al que lleva ropa lujosa y le decís: "Siéntate tú aquí en buen lugar"; y al pobre le decís: "Quédate allí de pie" o "Siéntate aquí a mis pies," ¿no hacéis distinción entre vosotros, y no venís a ser jueces con malos criterios? ... Pero si hacéis distinción de personas, cometéis pecado y sois reprobados por la ley como transgresores". (Santiago 2:1-4, 9). La unidad del Cuerpo de Cristo se centra en la vida espiritual y privilegio comunes, como Pablo escribió a los Efesios: "procurando con diligencia guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como habéis sido llamados a una sola esperanza de vuestro llamamiento. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, quien es sobre todos, a través de todos y en todos. Sin embargo, a cada uno de nosotros le ha sido conferida la gracia conforme a la medida de la dádiva de Cristo". (Efesios. 4:3-7).


Tampoco existen distinciones espirituales según el sexo. No hay ni hombre ni mujer. Ni el hombre ni la mujer tienen ventajas particulares en cuanto a la salvación. No existe favoritismos a razón de sexo. Ambos sexos están, a este respecto, en un nivel. Esto no significa, por supuesto, que los sexos deban ser considerados como iguales en todos los aspectos; tampoco significa que los dos sexos no pueden tener derechos y privilegios especiales en otros aspectos. Esto no prueba que uno de los sexos no podrán realizar importantes cargos en la iglesia, lo que no sería adecuado para el otro. Esto no prueba que los deberes del ministerio van a ser realizados por el sexo femenino. En los asuntos de gobierno en el hogar y en la iglesia Dios ha establecido la autoridad de los hombres.  Algunos oficios como  las diversas tareas de la vida doméstica, o los diversos oficios de la sociedad, deberán realizarse sin ninguna referencia a la distinción de sexo. La interpretación debe limitarse al asunto en  consideración; y el pasaje sólo prueba que, en lo que se refiere a la salvación ambos están en un mismo nivel.

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Y él mismo constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, y a otros pastores y maestros. Efesios 4:11.

Después de su analogía del Salmo 68:18, en los versículos 9-10, Pablo continúa su explicación de los dones espirituales. Cristo no sólo da dones a los creyentes individuales, sino a todo el cuerpo. A cada creyente le da dones especiales de capacitación divina, y a la iglesia en general Él provee de hombres especialmente dotados como líderes (vea versículo 8: "dio dones a los hombres"), bien sea apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. No sólo los apóstoles y profetas son divinamente llamados y colocados, sino también evangelistas, pastores y maestros .

En 1 Corintios 12:28, Pablo dice: "A unos puso Dios en la iglesia, primero apóstoles, en segundo lugar profetas, en tercer lugar maestros". Esa declaración añade peso no sólo a la idea del llamamiento divino, sino también a la importancia cronológica, "primero, segundo, tercero", en la asignación de estos hombres dotados a la iglesia.

A las primeras dos categorías de hombres dotados, apóstoles y profetas, les dio tres responsabilidades básicas:

  1. poner los cimientos de la iglesia (Efesios 2:20);
  2. recibir y declarar la revelación de la Palabra de Dios (Hechos 11:28; 21:10-11; Efesios 3:5); y
  3. dar la confirmación de la Palabra a través de "señales, prodigios y milagros" (2 Corintios 12:12; cf. Hechos 8:6-7; Hebreos 2:3-4).

     Los primeros de los hombres dotados en la iglesia del Nuevo Testamento fueron los apóstoles, de los cuales Jesucristo mismo es el más importante (Hebreos 3:1). El significado básico de apóstol (apostolos) es simplemente la de un enviado a una misión. En su sentido principal y más técnico apóstol es utilizado en el Nuevo Testamento sólo para los doce, incluyendo a Matías, quien reemplazó a Judas (Hechos 1:26), y a Pablo, quien fue el único dispuesto aparte como apóstol de los gentiles (Gálatas 1:15-17; cf. 1 Corintios 15:7-9; 2 Corintios 11:5). Los requisitos para el apostolado eran haber sido elegido directamente por Cristo y haber sido testigos de la resurrección de Cristo (Marcos 3:13; Hechos 1:22-24). Pablo fue el último en cumplir con esas calificaciones (Romanos 1:1; etc.). No es posible, por tanto, como algunos afirman, que exista apóstoles en la iglesia de hoy. Algunos hemos percibido que los apóstoles eran como delegados a una convención constitucional. Cuando la convención termina, la posición cesa. Cuando se completó el Nuevo Testamento, el oficio de apóstol cesó.

    El término apóstol es utilizado en un sentido más general en otros hombres de la iglesia primitiva, como Bernabé (Hechos 14:4), Silas y Timoteo (1 Tesalonicenses 2: 6), y algunos otros líderes destacados (Romanos 16 :7; 2 Corintios 8:23; Filipenses 2:25). Los falsos apóstoles que habla 2 Corintios 11:13 sin duda corrompen esta clase de apostolado, ya que los auténticos se limitaron a trece y eran bien conocidos. Los verdaderos apóstoles del segundo grupo fueron llamados "mensajeros (apostoloi) de las iglesias" (2 Corintios 8:23). Mientras que los trece era apóstoles de Jesucristo (Gálatas 1:1; 1 Pedro 1:1; etc.).

    Los apóstoles de ambos grupos fueron refrendados "por señales, prodigios y milagros", (2 Corintios 12:12), pero en ninguno de los grupos ellos fueron perpetuados. Por otro lado en ningún sentido el término apóstol fue utilizado en el libro de los Hechos después del capítulo 16:4. Tampoco hay ningún registro en el Nuevo Testamento de reemplazo después de la muerte de un apóstol en ninguno de los grupos.

    Los profetas también fueron designados por Dios como hombres especialmente dotados, y se diferencian de aquellos creyentes que tienen el don de la profecía (1 Corintios. 12:10). No todos los creyentes podrían ser llamados profetas. Parece que el oficio de profeta era exclusivamente para el trabajo dentro de una congregación local, mientras que el de apostolado era un ministerio mucho más amplio, que no se limita a un área, como se deduce de las palabras apostolos ("uno que es enviado a una misión"). Pablo, por ejemplo, era conocido como un profeta cuando él ministró a nivel local en la iglesia de Antioquía, (Hechos 13: 1), pero en otros lugares fue siempre conocido y llamado apóstol.

    Los profetas a veces anunciaban la revelación de Dios (Hechos 11:21-28) y, a veces simplemente anunciaban la revelación ya dada (como se implica en Hechos 13:1, donde se conectan con los maestros). Siempre hablaban por Dios pero no siempre daban un mensaje recientemente revelado por Dios. Los profetas eran secundarios a los apóstoles, y su mensaje debía ser juzgado por el de los apóstoles (1 Corintios 14:37). Otra distinción entre los dos oficios puede haber sido que los mensajes apostólicos eran más generales y doctrinales, mientras que el de los profetas eran más personales y prácticos.

    Como los apóstoles, sin embargo, su oficio cesó con la terminación del Nuevo Testamento, al igual que los profetas del Antiguo Testamento desaparecieron cuando se completó ese testamento, unos 400 años antes de Cristo. La iglesia fue edificada "sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, siendo Jesucristo mismo la piedra angular". (Efesios 2:20). Una vez que se sentaron las bases, la obra de los apóstoles y profetas terminó.

    No se hace mención de los dos últimos oficios reemplazaran a los dos primeros, porque en los tiempos del Nuevo Testamento todos estaban operativos. Pero el hecho es que, a medida que continuaron a sirviendo a la iglesia, los evangelistas, pastores y maestros tomaron la batuta de los apóstoles y profetas de la primera generación.

    La Iglesia siempre estará en deuda con los apóstoles, a través de los cuales Cristo estableció la plenitud de la doctrina del Nuevo Testamento (Hechos 2:42). Esos únicos hombres llamados y facultados, registraron la revelación final de Dios como Él se las reveló a ellos.


    Los profetas, aunque no solieran  recibir la revelación directa de Dios, sin embargo, fueron muy decisivos en el fortalecimiento de la iglesia primitiva. Ambos apóstoles y profetas han pasado del escenario (Efesios 2:20), pero el fundamento que ellos pusieron es aquel en el que todas las iglesias de Cristo han sido construidas.

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